Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (1º entrega)

Érase una vez…

Nací el 30 de septiembre del año 1979. Era domingo y llovía. El Burgos había perdido contra las Palmas.

Cuentan que mi abuelo, al cogerme en brazos por primera vez, miró a su yerno y dijo: «Juan, este niño está destinado a hacer grandes cosas». Nadie sabe qué debió de pasar por su cabeza para decir aquello. Pero tampoco se lo preguntaron. En mi familia son muy así. Si algo huele a profundo, se finge no haberlo escuchado. Quizás por eso mi padre, obligado a recoger el testigo del comentario, se limitó a añadir: «Pues con esa boca de oreja a oreja, parece un buzón de correos». Y así se zanjó el asunto.

Durante mis primeros tres días, mi nombre fue Carmen. Mamá, fiel a su cabezonería congénita, se había empeñado en que iba a tener una niña y no fue tarea fácil convencerla de lo contrario, por mucho que la evidencia de su error se manifestase colgando entre mis piernas. Sin embargo, al final se impuso la lógica y mis viejos, aunque poco dados a ello, tuvieron que improvisar. Se barajó seriamente ponerme Néstor, en memoria de un hermano de mi bisabuela que se marchó a África para morir en una de esas guerras en blanco y negro de las que ya ni se acuerdan los libros de historia. Hubiera sido una decisión terrible. Que me disculpen todos los Néstor del mundo, pero no hay manera de pronunciar ese nombre sin que suene afeminado, con sabor a torrija…

Finalmente, me llamaron Jorge. Tampoco es para dar palmas, lo sé. Pero ante tales alternativas, termina uno por conformarse.

-Suena el teléfono. Es Esperanza. Me ha preguntado que qué estoy haciendo. “Acabo de llegar a casa”, le he contestado, “y me he sentado a escribir algo que venía pensando de camino aquí”. “Pues te dejo, luego hablamos”. Colgamos. Sigo.-

De mi niñez recuerdo más bien poco, o quizás haya hecho por olvidarla. Tengo la sensación que feliz, lo que se dice feliz, no fue: grandes etapas de aburrimiento rodeadas de otras de mayor aburrimiento y todas dentro de un mundo extremadamente aburrido. En realidad, la vida en sí misma me parece bastante aburrida. Todo es predecible. No hay libre albedrío. Venimos programados de fábrica. Distintos modelos, un solo cometido. Muy fácil. Demasiado.

Por entonces, los adultos me parecían todos unos gilipollas. Los demás niños, ni te cuento. Con los años, es una impresión que no ha hecho sino confirmarse. Quizás sea esa la razón por la que opté por mimetizarme con toda expectativa que se tuviera de mí, convirtiéndome en un niño modélico. Porque el mundo es así.Un lugar en el que si finges comportarte como se espera lo hagas, siempre te irá bien: ante una carantoña sin gracia, me descojonaba como si no hubiera un mañana; si el amiguito de turno quería mi muñeco favorito, pues se lo regalaba; tenía que estarme quieto por imperativo paterno, me convertía en una estatua hasta nueva orden… Sabía que todo, por malo que fuera, pasaría. Porque los momentos son eso, sólo momentos. Ninguno dura para siempre. Es así de sencillo.

Sin embargo, entre aquella tediosa nebulosa, terminan por sobresalir algunos capítulos, mínimos, aquellos que  marcan nuestra alma a fuego, influyendo en nosotros hasta el punto de convertirnos en quienes ahora somos. Sin duda, para mí, el verano de 1987 fue uno de ellos…

Y también, Daniella.

Es curioso. Por más que lo intento, noconsigo recomponer el rostro de aquella niña. El tiempo lo ha convertido en un fantasma vago, los añicos del espejo que un día sostuvo el enigma indescifrable de su dolorosa belleza. Sin embargo, sí recuerdo la blancura almendrada de su pelo, irreal como el de una muñeca; y también aquella nebulosa, tejida de plata y misterio, azotando sus ojos; incluso, la caída de sus párpados, el peso de una mariposa sobre ellos; pero sobre todo, como si ahora mismo los tuviera enfrentados a los míos, aquellos labios que hubiera querido acariciar con la yema de los dedos el resto de mis días…

Era noruega y debía andar por los once años. Yo pronto iba a cumplir ocho. El destino, disfrazado de operador turístico, la había llevado a veranear enfrente del bungaló que los  padres del Pepe alquilaban en una urbanización periférica de Torrevieja. Desde la terraza la veía pasar todos los días camino de la playa, su cabello de algodón retando al sol y una enorme toalla colgada sobre el dibujo de uno de sus hombros. Cuando desaparecía, yo cerraba los ojos y la veía de nuevo, proyectándose sobre la película translucida de mis párpados, como si su imagen de pequeña emperatriz nórdica se hubiera quedado atrapada indefinidamente en el fondo de mis pupilas. Y durante un rato me quedaba así, soñándola, aunque Daniella era, por sí misma, ya un sueño.

Aquel año emitieron por primera vez en Estados Unidos los Simpson, el Madrid ganó la liga y los Gansanrouses sacaron el álbum debut más vendido de la historia: Apetitfordestrucsion.

Mis padres, poco amigos de las casas en la playa y sí de los destinos paradisiacos –cada uno por su lado- me empaquetaban cada verano con mis abuelos en una casita en la huerta de Murcia, donde el niño más cercano estaba a cien kilómetros de distancia y los mosquitos parecían los helicópteros de la película de Rambo. Quizás por todo eso, cuando el Pepe me invitó a pasar el mes de agosto con él y su familia, no dudé en aceptar. Ni me apetecía ni me simpatizaban, pero, en la alternativa de elegir mal, elegí el menor.

Para mí reservo el calvario que supuso permanecer enlatado durante ocho horas dentro de aquel SEAT ciento veintisiete con los padres del Pepe, la hermana mayor del Pepe, el Pepe y el posespermatozoide coñón del hermano pequeño del Pepe. Sólo diré que, treinta años después, aún no he superado mi fobia a todo lo relacionado con ese nombre.

Nuestro vecino de adosado tenía una hija de nuestra misma edad, Martita. Éramos los únicos niños españoles de aquel suburbio residencial infectado de guiris, adultos y chicharras, así que puede decirse que nuestra amistad nació por pura necesidad, uno de esos arrecifes de la vida con los que no se cuenta y que obligan a cambiar rumbos precipitadamente.

Martita no tardó en convertirse en un elemento más de aquel verano. Llegaba a casa, casi siempre sin avisar, explicando a su manera los avatares de su día a día, ideando juegos, invitándonos a darnos baños en la piscina, una perenne sonrisa soplada sobre sus labios. Jugaba y rivalizaba, vencía y perdía, pero jamás se enfadaba. Sin embargo, lo que más la caracterizaba era que tenía respuestas para todo. No había modo de rebatirla y cuando me aventuraba a intentarlo, se limitaba a suspirar hondo, movía la cabeza, como dando a entender que yo estaba a mil leguas de ella, y decía: «¡Ay, Jorge! ¡Cuánto tienes que aprender aún de la vida! ¡Pero ya verás, ya te enseñará!». Era como si estuviera empeñada en llegar a mayor antes de tiempo, en convertirse en una mujer, con pechos de niña sin pechos.

Cuando ahora evoco aquel verano, tengo la sensación de haber vivido un día eterno, donde sólo destaca el mágico recuerdo de algunos instantes. El tiempo vivido se me antoja una enredadera aferrada al muro de mi memoria; sus ramas se han ido multiplicando y confundiendo entre sí, hasta resultar imposible saber dónde se encuentran los principios y los finales…

– ¿En qué trabajan tus padres?- le pregunté en una ocasión a Martita, entre chapuzón y chapuzón.

– Mi papá es arquitecto- respondió, ufana como ella sola.

– ¿Y eso qué es?

La niña meneó la cabeza.

– ¡Ay, Jorge! Pues que dibuja casas…

– Dibuja casas- repetí disimulando con maneras de cacatúa mi ignorancia, un carraspeo nervioso en la garganta. Yo también dibujaba a menudo casas y nunca se me había pasado por la cabeza que aquello pudiera considerarse un trabajo…

– ¿Y los tuyos?- se engalló repentinamente- ¡Dime tú en qué trabajan los tuyos!

– Mi padre es comandante de la Guardia Civil- contesté con solemnidad bíblica-. Y mamá se ocupa de la casa y de mí. Antes tocaba el piano para la gente, creo.

– Hummm.

Suficiente expresión para convencerme de su aprobación, aunque aquella niña, tostada como el carbón y espíritu de nonagenaria resabiada, no tuviera intención alguna de confesármelo.

Durante unos segundos, mantuvimos un pulso silencioso. Sin embargo, la pregunta fue ineludible:

– ¿Y la tuya? No me has dicho en que trabaja la tuya…

Martita miró alrededor, como si buscara para contestar el permiso de las palmeras. Al fin confesó con tono menos agresivo:

– No lo sé. Papá dice que vive del cuento y que se pasa el día en la peluquería.

Mi cara reflejó la propia de quien se cuela en un certamen de pintura abstracta para aficionados. No lograba encontrar cuál podía ser la misteriosa profesión que vinculase el relato breve con los centros de estética capilar…

Martita, quizá espoleada por mi patente desconcierto, intervino de nuevo con una conclusión que no parecía venir al caso:

– Están divorciados- dijo exhalando un suspiro.

La contemplé igual que los psiquiatras contemplan a sus pacientes, sin asentir ni negar. La niña tenía su mirada clavada en la mía como si no me hubiera visto jamás en toda su vida. En el fondo de sus ojos, siempre tan altivos, palpitaba un brillo de lágrimas. Me pareció que quería llorar de rabia, pero era demasiado orgullosa. En su lugar, dejó que una sonrisa se insinuara en la comisura de sus labios, triste, apagada.

Permanecí callado, sustraído al miedo y a la cobardía. Sabía que bastaba una sola palabra mía para poner remedio, pero algo en mi interior impedía que hablase: si alguna vez una persona ha sido copia exacta de un cadáver, esa persona provisionalmente muerta he sido yo. Sólo me ha ocurrido algo así en dos ocasiones. Ésa fue la primera vez. La siguiente vino precedida de un reloj de brillantes estrellándose contra una pared.

Martita volvió entonces de nuevo su vista hacia aquellas palmeras, maduras, enormes, llenas de experiencia, diría que suplicándoles ahora el consuelo que yo parecía negarle. Meneó la cabeza, y dijo:

-¡Ay, Jorge! ¡Cuánto tienes que aprender aún de la vida! ¡Pero ya verás, ya te enseñará!

Y tenía razón.

 – Me acaba de entrar un Guasap. Es Juanmi. Me pregunta si sé algo del administrador concursal. Le contesto que no me coge el teléfono. Dice que los clientes no están muy contentos. “Ok, le voy insistir”. Pruebo un par de veces, hasta agotar los tonos de llamada, pero nada, sin respuesta.-

Una tarde estábamos tumbados en el césped de la piscina. Nuestros rostros estaban vueltos hacia un cielo estallante y un sol despojado de nubes que caía implacable sobre todas las cosas. Nada parecía moverse, de tanto como el calor las hacía pesar. No había más ruido que la orquestación de las chicharras cantando la siesta…

«Jai»saludó repentinamente una voz que pasó flotando por encima de nuestras cabezas. Tenía delicados matices infantiles y un aroma a tierras lejanas, pero no necesitaba de esas pistas para saber que era la suya.

Me revolví sobre mí mismo y allí, sí, estaba Daniella.

El tiempo se detuvo para mí. Durante unos segundos que pasaron como un soplo, no corría. Era como un poco de agua olvidada en el fondo de una botella, la fotografía de un instante eterno…

«Jau»musité apenas conseguí dominar la rebelión de mis hormonas. Mi pronunciación apenas resultó un temblor, pero había visto demasiadas películas del oeste como para que mi entusiasmo infantil no cayese en la errónea tentación de corregirla.

Nos sonrió y yo noté cómo nuevamente se me iba el alma hacia aquellos ojos de ángel inacabado, sus labios entreabiertos y unos cabellos rubios ligeramente sudados.

A mi lado Martita soltó un suspiro cuyo aire me sopló en la oreja como un vendaval diciendo:

«Jai. Ai am Marta… Dei ar el Pepe an Jorge».

Para mi sorpresa, Martita hablaba inglés. Mi madre había intentado que yo también fuera a clases particulares durante el invierno pero papá, mucho más conservador, prefirió apuntarme en una escuela de fútbol… Quizás, de haber ganado aquel debate mi madre, la vida nunca me hubiera llevado a vivir en Gales. Quizás, de haberlo hecho, mi vida sería otra… Y de repente, me sentía pequeño y miserable, igual que si llevara los calcetines rotos por la punta.

«Aim Daniella».

Daniella. Daniella. Daniella… Pensé que nunca tres sílabas podrían componer un nombre que sonase más hermoso…

Y entonces Martita, ajena completamente a mis ocultas pasiones, con un tono casi maternal, le preguntó si se quería quedar a bañarse con nosotros.

«¡Guau! ¡Of curs!».

Y aquella invitación bastó para que Daniella, mi adorada Daniella, ingresase en nuestra raquítica pandilla, proyectándose desde entonces alrededor nuestra el imposible, un mundo paralelo de juegos y baños, donde nosotros cuatro éramos los únicos habitantes, siguiéndonos los unos a los otros la corriente como si de verdad nos lo creyésemos, y la fantasía que desarrollábamos fuera una fácil y asequible realidad: era hermoso tener conciencia de que, salvo nosotros mismos, nada resultaba necesario…

– Guasap. Es Esperanza de nuevo. “Q tal???”. No le contesto. Prefiero llamarla. Es más rápido.

“¿Cómo estás?”.

Bien, escribiendo”.

¿La novela?”.

”, le he mentido. No me apetece decirle que, en realidad, hay algo aquí dentro que me está asfixiando y que necesito sacarlo de alguna manera. Es una criatura demasiado sensible. Debería llevar colgado un cartelillo que dijera: “tratar con cuidado, contiene sueños”.

¿Y qué tal?”. Consigo intuir su sonrisa al otro lado del teléfono. Esperanza es así. Aunque últimamente está triste, siempre reserva para mí, pase lo que pase, un poquitín de ese polvo de hada que guarda dentro: tiene alma de Campanilla, uno de esos seres que te aman o no te aman, porque al ser tan pequeñas, por desgracia, solo tienen sitio para un sentimiento a la vez…

Le he explicado que no consigo escribir como querría: otra vez estoy atrapado en los giros, en el vocabulario, en esta manía mía de edulcorar la historia con palabras o frases que demuestren que sé escribir, pero que terminan por absorber la fuerza de la propia historia.

Me ha contestado que tengo la maldita manía de pensar cuáles van a ser las consecuencias de todas las cosas.  Que me equivoco. No sé cómo ha unido esto con la muerte de su madre, pero me ha dicho que ella imaginó, durante la enfermedad de ésta, mil veces cómo sería el día en que la velara en el tanatorio y que, cuando finalmente sucedió, resultó del todo distinto: “pues tú eres así, Jorge”, me ha recriminado, al cabo. “Pero tú lo llevas al extremo, porque tú piensas en TU PROPIO FUNERAL. Joder, si hasta sueltas esa chorrada de que tenemos que ir todas vestidas de riguroso negro, los labios pintados de carmín y tacones de veinte centímetros…”.

No estoy para charlas. Le he dicho que prefería seguir un rato y me he despedido con un “luego te llamo”.

Puede que tenga razón. Voy a intentarlo.-

Cualquier tragedia literaria requiere ser sobrecargada de explicaciones y multitud de adjetivos soberbios e imponentes. Sin embargo, las tragedias –sobre todo, si éstas son de amor– que suceden en la vida real se distinguen por su simpleza: digamos que el amor es un acertijo al que la realidad le ha robado su propio enigma. No precisa de palabras preciosas, es una paradoja, una simple pero brutal bobería…

La víspera en que vencía el alquiler de nuestra casa, los padres del Pepe organizaron una fiesta para despedirse de los vecinos y del verano: el olor a frituras se percibía nada más cruzar el umbral del pequeño porche de la entrada. Porrones de vino, enormes rebanadas de pan de pueblo, un carrusel de entremeses, tortillas de patatas y conejo con tomate, manteles de plástico a cuadros rojos y blancos…

En un momento de la noche me quedé a solas con Daniella. No sabía por dónde andaba Martita. Tampoco me lo pregunté. Su bicicleta estaba apoyada junto a la mía. Puede que estuviera con su padre, quizás con los del Pepe, no lo sé.

Daniella, pareciendo aprovechar su ausencia, me cogió de la mano y me empujó a seguirla afuera, y yo ni pude ni quise decir que no. La hubiera acompañado hasta el mismísimo infierno si ése hubiera sido su capricho…

Una vez en la calle, me llevó, sin soltarme ni un momento, hasta la esquina más retirada de la verja de su bungaló. No hablaba. Ni yo tampoco. Del interior llegaba un rumor de voces extranjeras. Y fue, cuando se detuvo, que empecé a experimentar esos preludios de miedos que el instinto detecta cuando uno menos se lo espera.

«Quismi».

Oír aquello fue una especie de descarga eléctrica. No necesité hablar su idioma para entenderla. Me bastó la súplica de sus ojos, el pliegue enternecedor de sus labios convertido en un rictus adulto…

La abracé sin apretar en absoluto. Su cuerpo se tensó en mis brazos y su respiración pareció detenerse. Sus cabellos tenían un tacto áspero contra mi cara. Lentamente, la solté y coloqué mi rostro a la altura del suyo. Nuestros alientos se encontraron y mezclaron,  mirándonos como gatos retándose encima de un tejado…

Y entonces, la besé.

Sus labios se abrieron en un gesto atolondrado, buscándome, tropezando. Durante un instante, sentí como si todo su rostro se estuviese hundiendo dentro del mío y sus párpados fuesen mariposas nocturnas aleteando muy deprisa contra mi mejilla.

Ignoraba qué hacer con mis manos. Parecían unas prótesis inútiles prestadas para la ocasión. Sin embargo, la intuición me llevó a colocarlas en sus caderas. Y entonces todo pareció encajar en aquel puzle de torpezas que componía nuestro primer beso, inconsciente y romántico, fugitivo como el aire…

Pensé que nunca un verano podría ser más radiante que aquél. Nada iba a importar ya que los días que faltaban para acabar el mes de agosto volvieran a estar desplomados por lo rutinario, llenos de bochorno y humedades, poseídos por este maldito aburrimiento que me ha acompañado toda mi vida como una segunda piel…

De repente, sucedió algo que hizo que Daniella se quedase rígida, como helada, su mirada perdida más allá de mí, igual que si un hachazo hubiese caído por sorpresa sobre aquel temblor caliente de su cuerpo…

Giré la cabeza y descubrí a mi espalda el mudo retrato de Martita.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero un viento de ira se alzaba en ella sobre cualquier rescoldo de pasada simpatía. Nos miraba con insolente fijeza, con esa sensación de alerta que se despierta en  la gente entendida a la que le ofrecen una mercancía sospechosa. La luz de la luna revelaba un rostro herido. Sus labios luchaban por sonreír pero sobre ellos sólo conseguía dibujarse una mueca de disgusto que me dolió igual que una bofetada…

Entonces todo sucedió muy deprisa: sus ojitos de niña se llenaron de lágrimas, pero sólo una de ellas consiguió resbalar por sus mejillas antes de que se girase sobre sí misma y saliera huyendo calle arriba, más allá de su casa, de la nuestra…

Y algo se despertó entonces en mi interior al ver cómo desaparecía su sombra dentro del jardín de la Casa Manicomio

Regresé de nuevo mi mirada hacia Daniella: su rostro componía la definición del aturdimiento.

Quise decirle algo, aunque supiera que no iba entenderme, pero de mi boca no consiguió escapar ni una sílaba. Las despedidas nunca son necesarias. Despedirse requiere también dar explicaciones, decir lo que acaso es mejor callar…

Me limité a sonreírle por última vez, y salí corriendo tras Martita…

– Guasap de Lunita. “Hooola, tas?”. Me tantea. Es viernes. Tiene la impresión de que los fines de semana la esquivo. En realidad, convive con la sensación de que apenas nos vemos. Siempre le interpongo una excusa para posponerlo. No es justo, lo sé. Pero surgen cosas. Mi vida es complicada. Quizás tenga razón. Puede que abarque demasiado y nunca le reserve a ella sitio en las primeras plazas. Debo meditarlo… Dudo si contestarle. Al final, no lo hago.-

La Casa Manicomiodescribía una cerrada curva escalada sobre un terraplén próximo a nuestra urbanización. Los restos de una cerca servían para intuir los límites de la propiedad y el lugar donde empezaba el enorme descampado, todavía sin urbanizar, que lo avecindaba, y que hacía las veces de cocedero de tétano y nido de jeringuillas.

Tenía dos alturas, con un espacioso jardín donde crecían a sus anchas los hierbajos, y donde varios pinos cerraban el paso a los rayos del sol; en otro tiempo había sido blanca, pero hacía mucho que tenía el tono amarillento y cerúleo de un enfermo de hígado…

La casa estaba abandonada, pero Martita y yo sospechábamos que era habitada por fantasmas. Nunca los habíamos visto. Sin embargo, teníamos el convencimiento de que allí había vivido una grupo de maniacos que terminaron por matarse los unos a los otros, y que ahora salían de noche, después de ponerse la luna, y espiaban por las ventanas…

El portón de madera labrada estaba entornado y tras él asomaba un corredor muy parecido al túnel del Tren de las brujasal que tanto me gustaba montarme cuando los padres del Pepe nos llevaban a la feria. Sin embargo, éste se me antojaba mucho menos atrayente: su aliento no olía a cartón piedra ni tampoco a algodón de azúcar, sino a tierra húmeda y flores muertas…

Percibí al fondo el leve crujido de unas pisadas ligeras escalando a través de lo que intuí que debía ser una escalera.

– ¿Martita?

El eco de mi voz desapareció entre las sombras y con él, también, aquel sonido percusivo que había latido en algún lugar de la casa.

– ¿Martita?- repetí, pero su nombre volvió a perderse en la nada.

Tuve miedo de que los pasos fueran, en realidad, de alguno de aquellos fantasmas locos, pero dominado por la extraña necesidad de encontrar a aquella niña, conseguí superarlo.

Abrí mucho los ojos y me adentré por el pasillo a tientas. La oscuridad le había robado el color a todas las cosas, tiñéndolas de plomo y charcos de lágrimas negras…

Llegué hasta la escalinata y advertí, más allá de sus últimos peldaños, los resquicios de una puerta que la luna proyectaba formando un tenue rectángulo de luz.

Subí como pude, sin soltar la barandilla pero confiando en ella lo mismo que el condenado confía en su verdugo. En el último escalón, me detuve e intente recobrar el aliento. El corazón azotaba mi pecho y me costaba respirar…

Al entrar en la habitación, encontré a Martita. Estaba de pie, mirándome. El color pizarra de sus pupilas parecía haberse bebido el castaño de sus ojos.

– ¿Martita? ¿Qué te pasa?

La rabia los hizo brillar como si fueran los de una fiera.

– Eres tonto- dijo. Y así debía ser aunque todavía no entendiera muy bien porqué. Hay cosas en la vida que dependiendo cómo se digan, basta oírlas para que se le llene a uno el alma de remordimientos.

Comenzó entonces a levantarse la falda vaquera y fue en ese momento la primera vez que me fijé en unas piernas que había visto a diario durante todo el verano. Eran muy delgadas, una finísima película de vello rubio, casi translúcido, brillando sobre ellas como si fueran diminutas espigas de oro alquímico; Martita subió su falda un poco más y aparecieron ante mí sus braguitas, el rastro de dos de sus dedos agujereando el canalé de la cintura…

Se las bajó hasta la altura de las rodillas. Una cuña de luz de luna resbalaba por su piel y caía sin ruido sobre el suelo. La señal del elástico parecía tatuada en sus caderas sin modelar, como las cicatrices de un sueño al que no sabía porqué había sido invitado; su ropa interior se había grabado en su piel con una blancura desamparada e indecisa. Y aquello, dulce y tierno como el gajo de una fruta, asomó entre sus piernas.

«¿Quieres tocarlo?».

Yo asentí, sin saber realmente qué quería hacer.

«Pues bésame».

Y eso hice.

Acababa de besar a Daniella, pero este nuevo beso me resultó muy distinto. La lengua de Martita era áspera y me golpeaba el paladar. Su saliva conservaba sabores a chicle de fresa. No había en él eternidad ni inocencia, un dolor infinito dentro de su boca. Era salvaje, devorador, auténtico…

Cuando nos separamos, quedamos callados unos segundos que me parecieron un curso escolar entero: una de esas fracciones de tiempo que guardan para sí la solidez desmemoriada de una roca.

Martita se subió de repente las braguitas y se bajó la falda hasta colocarla en su sitio. Me obsequió con un rápido fruncimiento de ceño, como si quizá debiera tomar alguna medida contra algo que acabara de pensar. Luego dio un paso atrás y dijo con frialdad:

«¡Ay, Jorge! ¡Cuánto tienes que aprender aún de la vida! ¡Pero ya verás, ya te enseñará!».

Su voz sonó como un rumor de olas que rompieran en un punto lejano, ése lugar invisible donde se le retuerce de dolor a uno el alma…

Y antes de que pudiera decirle nada, se dio la vuelta, y salió corriendo.

Aquella noche, aprovechando mi desconsuelo, el Pepe me invitó a dormir en su cuarto. No pude ni supe decir que no. Cuando el alma está rota, cualquier tirita parece suficiente…

– Voy a tocarte algo- se ofreció sacando de su funda una guitarra española de fabricación taiguanesa, como casi todo lo que nos rodea-. Si te gusta, te la puedes quedar.

Mi inocencia, que por entonces era mucha, entendió aquello como un improvisado concierto y no supe ver la manifiesta declaración de intenciones que resultó ser aquel «tocarme algo». Apenas la había aceptado, se abalanzó sobre mí, los ojos cerrados como puños y su lengua rosácea asomando con movimientos espasmódicos. En un visto y no visto, el Pepe estaba comiéndome la boca… Lo cierto es que hay que reconocer que aquella noche estaba que me salía…

No obstante, las sensaciones que se despertaron en mí ante aquel tercer beso en nada se parecieron a las que antes había experimentado. Resultaba de una humedad adhesiva y antipática, con recuerdos a quinina y regaliz. Supongo que por eso no pude evitar que mi instinto le pusiera fin mediante la resolutiva técnica del rodillazo en los huevos.

El Pepe cayó al suelo como caen los árboles segados por los cien cuchillos de un rayo. No sentí pena alguna. En aquel momento sólo deseaba estar de regreso entre la faldas de mi abuela. De hecho, los mosquitos comenzaron a parecerme unos seres de lo más entrañables…

¿Cómo no me había dado cuenta antes? El Pepe, con aquel pelito rubio, esos ojillos azulones en los que se podía navegar, la piel tan blanca como el culito de un bebé… ¿Qué neurona convenció al resto de la pandilla que pulula por este melón que llevo por cabeza, para pasar por alto que no era normal que el Pepe fuera tan dulce y encantador conmigo? Joder, pero lo peor, apellidándose Palomero, ¿en qué coño estaba pensando?

Eso sí, la guitarra se vino conmigo, ni que decir tiene.

– Pausa. El teléfono está sonando. Es Juanmi otra vez. “Nada”, le contestó apenas descuelgo. “¿Nada?”. Muy en su línea. Tiene la dichosa costumbre de transformar en preguntas mis afirmaciones. “No lo coge. Éste es un hijo de puta”. “¿Y qué vamos a hacer?”. Lo medito un instante. No tengo la menor idea. Cuando un administrador concursal no quiere contestar, cuesta que lo haga. Lo sé bien: yo soy uno de ellos. “No te preocupes, conseguiré hablar con él”, prometo al cabo, sonriendo como si creyese que Juanmi pudiera verme, igual que se le sonríe a un niño que es incapaz de entender las cosas más elementales, por no darle una bofetada. “Oquei. Cuando lo consigas, llámame”. “Claro”. Colgamos. Me enciendo un cigarrillo. Son las nueve y media, poco se puede ya. A través de la ventana observo como un manto de nubes cabalga desde el mar. Hace mucho calor. Supongo que acabará por llover. Continúo.-

No volví a saber de Daniella. Tampoco de Martita. El verano se apagó para mí al día siguiente, llevándoselas consigo, dejándome sólo estos recuerdos, el esbozo de un cuento de princesas con demasiados besos y ni rastro de las perdices. Como si la vida estuviera impaciente por revelarme la clase de planes que me tenía reservados…

Con el Pepe no sucedió lo mismo: hasta que terminamos el COU lo tuve tras de mí, inasequible a mis desprecios. Nada pareció importarle que durante todos aquellos años, lo ignorase como si no existiera. Siempre lo tenía cerca, una perenne sonrisa levantada sobre sus labios apenas mis ojos, en algún descuido, se cruzaban con los suyos. Ocurre así con algunas personas. Un misterioso fenómeno. Cuanto más fuertes se les golpea, más perseveran en sus ánimos de conquista. Hay quienes lo llaman amor, y además se lo creen. Porque el amor es así. Pasatiempo y tragedia, alegría y desesperación: un sentimiento poliédrico con el que maquillamos nuestros comportamientos más idiotas. Para eso se inventó.

Esperanza es un poco así. Y también Lunita. Incluso lo era Marina. En realidad, la mayor parte de las mujeres que han orbitado alrededor mía, son muy parecidas…

Continúa…

2 pensamientos en “Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (1º entrega)

  1. Reblogueó esto en Directas & Indirectasy comentado:
    Wow, sólo wow.

    Me enganché con el titulo porque es una pregunta que me he (nos) hecho muchas veces. Pero, aunque no la has respondido… ni siquiera acercado a una respuesta, me he quedado por la belleza de la narración, y las flores entre los párrafos.
    Así que, si no te molesta, voy a compartir esto con un pedazo del mundo, Y si te molesta… ya lo hice.

    Por cierto. Me quedo con este párrafo que me llegó de sobremanera:

    “Quise decirle algo, aunque supiera que no iba entenderme, pero de mi boca no consiguió escapar ni una sílaba. Las despedidas nunca son necesarias. Despedirse requiere también dar explicaciones, decir lo que acaso es mejor callar…”

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