Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (2ª entrega)

 

Esperanza es un poco así. Y también Lunita. Incluso lo era Marina. En realidad, la mayor parte de las mujeres que han orbitado alrededor mía, son muy parecidas. Viven perpetuadas en un continuo choque entre fantasía y realidad. No me cuesta imaginármelas de niñas, porque nunca han dejado de serlo. Nacieron para amar y ser amadas, no para ser comprendidas. Supongo que al bueno de Disney se le fue de las manos al convencerlas que sólo hacía falta paciencia –y un poco de azúcar- para que apareciese su príncipe azul. Y ellas se lo tragaron. Joder si se lo tragaron. Y ahora, les da igual si hay que esperar cien años durmiendo en el sombrío torreón de un castillo. Tarde o temprano, él llegará y no habrá dragón suficientemente feroz para impedir que sean liberadas. Poco importa que la realidad demuestre, una y otra vez, que se equivocan. Que las ranas, por mucho que se las bese, siempre serán ranas…

Pero ellas insisten. Porque una mujer es incapaz de creerse que algo bueno le pueda suceder si no es sufriendo primero. Ocurre algo parecido a cuando se ponen esas cremas anticelulíticas con «efecto calor» y se van a la cama. Llevan el culo ardiendo y los pies helados, pero tan contentas. Por eso imagino que se enamoran de mí. Acaban de cumplir los cuarenta, tienen dos o tres hijos y los tíos de los que se han divorciado pusieron tanto esfuerzo en hacerlas sentir pequeñas que se lo han terminado por creer. Están machacadas. Las únicas alas que no les han cortado son las de las compresas. Llevan una década sumergidas en matrimonios silenciosos, conversaciones resumidas a dos puntos en el orden del día: «¿Qué hay de comer?» «¿Qué hay de cenar?». Años sin detalles ni sorpresas. De cajones volando y portazos. Continuos reproches. Rabia amordazada con sonrisas de dientes apretados. Sexo derrotado. Sin pasión. Perezoso. Polvos convertidos en declaraciones del IVA, trimestrales y por obligación. Un «acóplate encima» como si se estuviera jugando una partida al Tetris… ¡Hostias, que para alcanzar el orgasmo tenían que hacer más contorsionismo que una china del Circo del Sol!

Sin embargo, cuando están conmigo sucede algo distinto. Les doy esperanza. Mis palabras están estudiadas, mis silencios medidos. Proporcionan fantasía e ilusión. Descubren la magia de existir y se sienten otra vez bonitas. Aunque cada uno de mis besos sea prefabricado, les queman en la boca. Sospechan que nada es real, pero prefieren mirar para otro lado. Les hace dolorosamente felices. Un simple espejismo. Una quimera. Sólo una droga más. Peor que un veneno.

Y cuesta entender porqué les ha pasado, con lo simple que es hacerlas sonreír. Y lo hermoso. Creo que no hay espectáculo más lindo. Ese momento en que sus ojos y su boca se hacen cómplices para detener el tiempo. Nada importa entonces que su belleza sea verso o prosa. Un instante donde no hay sombras ni fantasmas. Sólo queda su verdadera desnudez, ésa que siempre es hermosa. Arena y viento. Porque sus entrañas serán peligro, inestabilidad y riesgo, pero también luz. Y vida. Un remoto paisaje por estrenar, pues cada nueva sonrisa hará caducar a la anterior… Sólo un idiota sería incapaz de no verlo.

Y yo, lo he sido.

Supongo que todos guardamos en el saco del alma experiencias, importantes o triviales, cuya influencia cambió el rumbo natural de nuestras vidas. Acontecimientos que nos obligaron a dejar algo atrás, como un reptil que abandona su piel porque va revestido de una nueva, aparentemente igual, pero distinta. Un «algo» que se alejó para siempre, irrecuperable, y que, sin embargo, no fue sino el desahucio de una parte de nosotros mismos.

Palabras y palabras envueltas en el celofán aterrador de los susurros de mi conciencia…

Aquel año, Fujimori derrotó a Vargas Llosa en las elecciones de Perú, los iraquíes invadieron Kuwait y Hugo Sánchez ganó el Pichichi con treinta y ocho goles. Pero nada de esto había sucedido aún cuando acompañé a mi abuelo y a mi padre a pescar carpas en el pantano. Era aún Semana Santa. La primavera estaba en flor. Lo sé porque las habas tenían la misma altura que yo y nos habíamos tirado toda la tarde pelando sus vainas para usarlas como cebo.

La noche había caído y la luna estaba en el cielo viuda, una estampa de soledad. A través del chándal, sentía el frío y la vaga humedad de la atmósfera. Reinaba la quietud y el silencio. Sólo los mosquitos, muy murcianos ellos, se resistían a acostarse. De hecho, retengo con nitidez la imagen de mi padre dándose palmadas en los brazos para ahuyentarlos. Cualquiera hubiera creído que lo que corría por sus venas era pisto con huevos y no sangre…

En un momento dado, abandonaron la vigilancia de sus cañas y vinieron a sentarse a mi lado. Mi abuelo, antes de hacerlo, recogió uno de los sacos de dormir y me envolvió en él igual que a una momia. Mi viejo, más en su línea, prefirió aprovechar la ocasión para abrirse una cerveza, encender un cigarro y observar ese punto vacío del universo, tan suyo, que debía conocérselo de memoria.

–    ¿Qué ha pasado con Cristina?

La pregunta me pilló a traición. Los mayores tenían la dichosa costumbre de hurgarme el cerumen cuando menos lo esperaba. Mi madre prefería las orejas. Él había elegido rascar en mi alma.

–    Nada- quise mentir, pero mi voz sonó igual que una confesión. Me podía la vergüenza, ésa que sólo experimentan los niños, tan elemental y tan roja que los hace enroscarse sobre sí mismos como caracoles fatalistas.

– Pausa. Acaba de escribirme Lunita. Era de prever. De hecho, mientras escribo, no paran de sonar nuevos Guasap, uno detrás de otro. No entiendo esta manía suya de limitar a una, dos o tres palabras cada mensaje. El campaneo se hace insoportable; “Tas???”. “Hooola”. “Pos no tas”. “Jooooo”. Continúa con una ristra de iconos tristes, luego muñecas rubias tapándose la cara y cierra con un enternecedor “te echo de menos”. Le contesto: “Toy”. No parece entrarle. “Eoooo”. Nada. Una sola raya en los bocadillos verdes. Estará en una parte de su casa sin cobertura. Es lo que tiene vivir en una de esas urbanizaciones de a tomar por culo; la llamaría, pero prefiero seguir con esto un poco. Además, sólo me queda un dos por ciento de batería. Tengo que bajar al coche a por el cargador-

Cristina era una amiga de mi prima Lauri. Había venido a pasar las vacaciones en nuestra casa de la huerta. Era de Madrid y estudiaba en una escuela francesa de las más caras, esas que son para el resto de la vida como una tarjeta de presentación. Aunque no era guapa y su cuerpo aún se escondía debajo del dibujo rectilíneo de los once años, había algo en ella que me cautivó. Tenía personalidad. Ese «algo» indefinible que no se sabe qué es pero consigue estrujarnos las entrañas como si fueran papel de plata. Quizás fuese su manera refinada de hablar. Puede que de moverse. Seguramente que diera la impresión de esconder un universo tras su mirada, no lo sé. Lo único cierto es que, apenas posé la mía sobre la suya, quedé atrapado dentro del fuego verde de sus ojos.

Pasé los primeros días con ellas jugando a la goma, al tranco y a las palmas. No me importaba que todo aquello fueran juegos de chicas y mi balón un objeto ajeno y estúpido, como de otro mundo. Lo cierto es que sólo por sentir sus manos al chocar con las mías, habría sido capaz de aprenderme hasta la última coreografía de aquellas malditas canciones… En ocasiones, sé que intentaban esquivarme para hablar de sus cosas, seguramente de chicos, o simplemente para leer a escondidas la Superpop. Pero todos sus esfuerzos resultaban en vano. Yo las seguía por la finca como una sombra hostil, con esa tenacidad que tienen los detectives caros. Y justo antes de dormir, ponía todo mi esfuerzo en recordarla para que de ese modo se metiera en mis sueños…

Y es que para un niño amar no se diferencia mucho de ver un espectáculo de fuegos artificiales. Siempre le parece que es la primera vez. Los sentimientos son una confusión entre realidad y deseo: apenas se distingue qué es lo uno y nada se sabe de lo otro, qué cosas ocurren de verdad y cuáles no han existido jamás fuera del terreno de la fantasía…

Y yo, claro, me había enamorado de Cristina. O, como siempre, eso creía.

 

Una tarde, al tercer o cuarto día, en un arrebato inconsciente y hormonal, decidí que tenía que pedirle «de salir». Nunca antes se lo había preguntado a nadie. Tampoco tenía muy claro cómo hacerlo.

–      Eres muy guapa.

Puso los ojos en blanco y se mordió el labio inferior. Su belleza era tormentosa y nocturna. Arrogante. Como satisfecha en su propia imperfección.

Tomé aire. Mis entrañas eran puro nervio. Mi voz, un reflejo.

–      Y me gustas.

Ella aumentó, halagada, la luz de su sonrisa.

–      ¿Quieres salir conmigo?

Cristina bajó la vista hacia sus zapatillas e hizo una pausa que no supe interpretar… Un parpadeo de tiempo que tuvo para mí dimensión de eternidad. Mi cuerpo entero pareció ablandarse, encogerse, sucumbir al peso imaginario de unos miedos recién estrenados.

– Sí… No sé… Déjame que lo piense. Mañana te lo digo.

A continuación, se marchó corriendo hasta donde estaba mi prima y le murmuró algo al oído. Lauri la escuchaba con las manos en la cintura para contener la risa. Mi irresistible villana se lo estaba contando y yo no sabía qué hacer, si ir hacia ella y abofetearla o cogerla de los hombros y besarla…

– Guasap. “Toy”, responde Lunita. Ya le deben haber entrado mis mensajes. Voy a llamarla…

La conversación se ha cortado a medio hablar. El puto móvil, finalmente, ha muerto. Y como es un jodido AIFONEQUIS cojonudo de la muerte, tan bonito y tan chachi, aún tardará más de diez minutos en volverse a encender.

Y el cargador en el coche. ¡Estupendo!

Lunita me ha dejado jodido. Tiene ese don. Al contarle que no iba a verla, me ha reprochado que seguir aquí escribiendo será lo que yo necesito, pero ella, en mi lugar, elegiría verme. Y digo reproche, pese a su obstinado “para nada lo es”. Simplemente, me ha repetido, que es lo que ella elegiría.

“Jorge, no te enfades, sólo es mi punto de vista”.

¡Uf, qué rabia me da!-  

A la mañana siguiente, comido por la impaciencia, me desperté muy temprano. Una luz sórdida, cenicienta, se desplomaba sobre todas las cosas, como si hubieran sumergido la realidad dentro del cubo de la fregona. Todos dormían aún. O al menos, estoy seguro que lo hacía mi padre: en toda la casa se podía escuchar el quejido intermitente y feroz que son sus ronquidos, única herencia que el viejo, poco propenso a la generosidad, ha querido dejarme en vida.

Durante un buen rato, esperé en el salón a que se despertasen. Encendí la televisión para distraerme, pero fue en vano. La mente puede convertirse en una jaula de cuervos diabólicos y el miedo, que en el fondo es un cachondo, disfrazarse de cualquier cosa. De hecho, juro que viendo los Masters del Universo escuché con nitidez como Jiman, en lugar de clamar «¡Por el poder de Greiscul!», gritaba «¡¿Quieres salir conmigo?!» a un Esqueletor que le respondía con un «¡Mañana te lo digo!».

Salí de la casa y me senté a los pies del pozo. Las lomas, antes plateadas, se veían inflamadas de un naranja muy intenso. No sentía hambre ni sed, ni frío ni calor, ni alegría ni tristeza, nada. Había estado pensando tanto en ello -llevado por esta manía mía de querer razonarlo siempre todo, desde cualquier ángulo, cada rincón, hasta la última esquina-, que había terminado por agotar mi propio pensamiento. Era –y soy- incapaz de comprender que pensar demasiado evita que vivamos, y que vivir es la única manera de ser feliz…

A eso de las diez la vi aparecer. Su rostro y sus brazos vestían una piel pálida, casi traslúcida. El resto de su cuerpo iba cubierto con una camisa blanca y unos vaqueros azul marino. Se había recogido el pelo con una goma y sobre la frente le caía un poco de flequillo.

Me acerqué hacia ella con pasos lentos, silenciosos, los ojos muy abiertos, el rostro serio, concentrado. Las manos me dolían de tanto que me las había retorcido.

Al llegar a su lado no supe muy bien qué hacer, cómo saludarla, pero, para mi sorpresa, Cristina me recibió con mucha naturalidad, como si aquí no pasara nada. Impregnaban sus ojos una misteriosa mezcla de perversidad y dulzura.

– ¿Sabes ya si…?- me arranqué, intentando sofocar el ataque de nervios que me estaba erizando la piel del cuerpo, y la del cerebro.

– ¿El qué?

– ¿Si quieres…?

Me dio la sensación de que se sonrojaba.

– ¡Ah, eso! Sí…

– ¿Sí?- pregunté disimulando los efectos de un espasmo que acababa de graparme mis tripas las unas contra las otras.

Cristina se detuvo a reflexionar un par de segundos, y cuando levantó de nuevo su cabeza para mirarme, intuí cuál iba a ser su respuesta.

– No… Lo siento… Me caes bien… Pero podemos ser amigos…

Cada palabra fue un dardo suavísimo y doloroso clavándoseme en las entrañas. El mundo se deshizo repentinamente sobre mis pies, inconsistente como un muñeco de nieve. Uno de esos momentos en los que nos damos cuenta que la infancia es un tesoro que la vida planea ir robándonos poco a poco.

De repente, me invadió otra sensación. Un viento oscuro y frío, un agua sucia, que desde lo más hondo de mí mismo, me ahogaba irremediablemente.

–      Eres una pija… ¡Y una idiota!.

Todavía hoy al escribirlo me cuesta creer que aquello saliera de mi boca. Aquel primer roce cósmico con la parte más negra de mi naturaleza masculina me asustó tanto como a ella. Dolorosa, terrible, cuyas consecuencias en mi propia vida no era todavía capaz de calibrar.

Sus ojos se suspendieron sobre mi rostro desde una plataforma muy lejana, como de otro planeta, y el volumen de su voz descendió hasta apenas rozar mis oídos.

–      Jorge…

–      ¡Cállate!

Muchas veces me he esforzado en negarme que de verdad sucediera, escondiendo aquella escena en algún punto recóndito de mi cabeza, igual que se abandona un electrodoméstico averiado en una habitación al fondo de la casa. Pero siempre regresa. Porque la conciencia tiene el espesor de una inmensa gota de aceite. Un velo líquido que se derrama por nuestra memoria, recomponiendo nuestras vivencias de manera demasiado nítida y al la vez muy irreal.

Quise de inmediato corregir aquellos insultos, pero las palabras se extraviaron en algún punto de mi garganta. Opté por quedarme quieto, cobarde, mirándola. Y ella me miró también. Me sentía pequeño y miserable. Incluso pude ver mi reflejo en sus pupilas encogiéndose a medida que éstas se dilataban. No sé cuánto duró. Todo el que haya amado sabe que el sentido del tiempo se pierde, que el amor tiene duraciones propias, a veces agitado, a veces tranquilo.

Luego, siguiendo lo que comenzaba a ser una tradición en mis primeros amores, se dio la vuelta y salió corriendo. Maldije mi estampa y eché a correr detrás de ella. Esta vez conseguí detenerla antes de que entrase en la casa, asiéndola del brazo. Su blusa oscilaba al ritmo de su respiración.

Me lanzó una mirada que quemaba.

– Lo siento- musité.

No vi venir la bofetada, pero, en mi cabeza, sonó igual que un portazo.

– ¡¡Déjame!!

Una sola palabra. Pero con una dureza en cada sílaba que parecía forjada en años de secreto y sombra.

Entonces apareció Lauri y rompió el hechizo abrazándola, como si quisiera protegerla de sí misma, escondiéndola de mis ojos, los de ese niño que, para ella, había dejado de ser su primo para convertirse en un enemigo mortal.

La llevó hacia la casa y yo sólo alcancé a seguirlas con la mirada, reprochándome no encontrar palabras con las que detenerlas. Sentí algo extraño, una sensación fría, distinta de los celos, que siempre son calientes. Era odio. Pero no hacia mi prima. Ni tampoco a Cristina. Infinitamente peor: me odiaba a mi mismo.

Aquella situación introdujo en nuestra relación un no sé qué patético que ambos procuramos disimular, pero que estaba entre nosotros, vivo. No soportaba coincidir con ella y cuando lo hacía, pegaba los ojos al suelo, carcomido por el remordimiento. Ignoraba que se pudiera sufrir tanto, tan hondo, tan desde lejos, tan desde adentro de uno mismo.

Opté por esquivarla, consumiendo mi tiempo al refugio de mis mayores. Intentaba sentir esa nada que siente una piedra, una bacteria o un inspector de hacienda, pero no lo conseguía. Adoraba a Cristina, aún más que antes, porque si hay una estupidez que sea universal, sin duda es ésa que nos hace querer amar a los que más daño nos hacen.

Pero se había producido algún tipo de deterioro en mi ser y, a veces, la única solución es dejar pasar el tiempo. Que él se encargue de hacer lo que uno por sí mismo no puede, o no debe.

Y eso, en definitiva, fue lo que me llevó a estar aquella noche, muerto de frío, viendo como mi padre y mi abuelo pescaban carpas en aquel pantano.

 

–   Disculpa. Voy a bajar al parquin a por el cargador del móvil.

Al salir, una bocanada de aire caliente me ha golpeado en el rostro. Hace un calor intensísimo y, a cada instante con más peso, estrangula con sus manos invisibles todas las cosas.

No me he encontrado con ningún vecino. Tenía el presentimiento que me iba a cruzar con Nuria, pero no ha sido así. Mejor.

Bajo y subo muy rápido, como si tuviera prisa. Me doy cuenta que se ha convertido en una puta costumbre eso de ir corriendo. Mi vida es una inercia. Los minutos contados, siempre atropellándose; los días, atiborrados e idénticos, pasando muy deprisa, un calco del anterior…

No quiero pensarlo.

Todavía no.

Necesito seguir escribiendo-

Mi abuelo me puso una mano sobre el hombro y me dedicó una sonrisa misteriosa que parecía haber robado de alguna novela para la ocasión.

«Jorge, a veces una mujer dice “no” sólo para saber qué serías capaz de hacer por ella».

Aparté la mirada, avergonzado, e intenté concentrarla en el tapergüer verde que mi madre nos había llenado de filetes empanados. No lo conseguí. Sabía que él seguía allí, esperándome.

Era mejor rendirse.

– Yo creía que le gustaba…

Asintió lentamente, buscándome de nuevo con aquella sonrisa.

–    Es lógico.

Mi padre, ajeno a mi angustia –o mas bien, voluntariamente ausente-, se abrió otra cerveza y continuó con su particular embobamiento. Aquello no me pillaba de nuevas. En casa se comportaba igual. No creo que nadie haya memorizado nunca el gotelé de sus paredes con más ahínco, centímetro a centímetro, grano a grano…

–    Lo que debes entender es que, por mucho que te empeñes, nunca acabarás de conocer las complejidades de un alma femenina. Lo que para ellas resulta sencillo advertir en un simple parpadeo, en la manera de sentarse o en cómo se guarda silencio, para nosotros siempre será un secreto insondable…

– ¡Pero yo la quiero! ¡Es la mujer de mi vida!

Me miró con ternura, esa clase de cariño que uno sólo consigue tenerle a su propia carne.

Sus ojos eran aterciopelados, con ojeras y un pliegue muy puro en los párpados. Pese al grueso cristal de sus gafas, se advertía en ellos algo de pícaro, como de niño gastado.

– Te voy a contar un secreto.

– ¿Un secreto?

– Sí. Pero debes poner mucha atención, ¿de acuerdo?

– Lo prometo.

– Te creo. Ahora, escúchame bien: el día que te enamores, debes tener en cuenta tres cosas, sólo tres, pero muy importantes…

Mi abuelo adoptó un aire confidencial, enarcando una ceja, como si de un momento a otro fuera a aparecer el FBI para detenernos.

«Debes comportarte como un caballero. Aunque los regalos puedan gustarle, lo que de verdad la enamorará serán los detalles. Por eso debes tratar de cuidarla siempre, con la misma intensidad que si creyeses que mañana, en lugar de verla, sólo fueras a poder soñarla».

«Adorará que la sorprendas. No pienses que te va a decir lo que espera que hagas. Para ella, perdería el encanto. Habrás de acertar sin que te lo pida. Pero, si lo consigues, enloquecerá por ti… Lo bueno, es que esto tampoco tiene mayor complicación: se pasará la vida dándote pistas, basta con que aprendas a escucharlas. De hecho, sólo aquél que escucha de verdad a una mujer llega a saborear todo lo hermosa que es».

«Y por último, nunca lo olvides, aquél que hace reír a la chica, se la queda».

3 pensamientos en “Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (2ª entrega)

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