Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (3º entrega)

Acababa de abrirse la caja de Pandora.

– El teléfono se ha encendido. Veo aparecer la manzanita blanca sobre fondo negro. A continuación, me solicita el código de desbloqueo. Lo meto. Ahora el pin. Marco los cuatro dígitos. Dos segundos y se activa. Al tercero, comienza una retahíla de pitidos:

 “Mensajes. Lunita. El número 665095697 le ha llamado a las 22:03 el 16 Jul”.

“Guasap. Lunita. 3 notificaciones”.

“Guasap. Juanmi. Notificación”.

“Guasap. Papuchini. 2 notificaciones”.

“Guasap. Paulita. 2 notificaciones”.

Dudo si abrirlos y contestar, pero no lo hago.

Miro el reloj. Son las diez y cuarenta.

Esperaré un rato más-.

Quizás debería dejarlo aquí. No tiene sentido que me entretenga recogiendo los añicos de un alma que yo mismo he apedreado. ¿Para qué? El pasado es mentiroso. Le sucede como al rabo de una lagartija cuando se lo cortas: finge el movimiento de la vida, pero, en realidad, está muerto. Nunca regresa. Y mucho menos, da segundas oportunidades…

He de solucionar lo de Luna. Se está convirtiendo en una situación incómoda. E injusta. Para ella y para mí. Pensaba que iba a conseguir mantener una relación parecida a la que tengo con Esperanza, pero cada día me doy más cuenta que en este escenario no hay sitio para las dos. En realidad, puede que para ninguna. Porque yo no siento, ni por asomo, lo que ellas: ese Amor, con mayúscula, con pretenciosa y traicionera mayúscula, en celo. Hambriento como un cáncer que se las come por dentro, y que sin él no serían más que un cascarón vacío, mujeres sin un alma propia.

Me duele pensar que me estoy aprovechando de ellas, de su obsesión por mí. Y aún así, lo sigo haciendo. Ésa es la verdad. Soy un caradura, egoísta y cobarde. Un puto comercial vendiendo sentimientos de humo, pura palabrería, sólo un rollo bien aprendido. Un charlatán, un casanova de pacotilla, un bicho malo. Porque en el terreno de las pasiones no existen los grises, por más que me empeñe en repetirlo. O se ama o no se ama. Todo lo demás es cinismo, esa zona oscura de nosotros mismos donde se esconde el interés. Y en eso, maldita sea, no hay quien me gane.

Quieren salvarme. Pero también salvarse ellas. Son incapaces de asumir que yo sea así, que siempre lo haya sido, que no conseguirán cambiarme. Reconocerlo las enloquece. Necesitan sostenerse a flote, aunque sea aferrándose al fantasma de Marina. Un par de náufragas obligadas a compartir los resquicios tambaleantes de un barco ya hundido. Como si yo fuera un alacrán cercado por el fuego de dolores pasados, obligado por el instinto a verter sobre mí mismo mi propio veneno.

Se equivocan. Nunca he sido la víctima, sino el verdugo. Si soy lo que soy, no se debe al miedo, ni tampoco a ninguna de esas gilipolleces y argumentaciones de fogueo que los tíos ponemos como excusa para huir del compromiso. Es sencillamente, mi naturaleza… Y esto lo asumí, sin duda, desde el mismo instante en que vi llover aquella rabia infinita dentro de los ojos de Raquel…

 

Aquel mes de mayo, Aznar sustituyó a Felipe González en la Moncloa, ocho alpinistas perdieron la vida escalando el monte Everest y el Boca Yuniors palmó por seis goles a cero el día que reinauguraba su estadio. Por cierto, aunque ya pocos se acuerden, también nació la oveja Doly.

 

La vida carece de argumento. No hay patrones. Nada sigue un guión. Menos aún ése que nos hubiera gustado escribir para nosotros mismos. Las cosas ocurren porque sí. Nadie es dueño de su destino. Todo influye, cualquier circunstancia puede llevarnos a tomar rumbos inesperados. Una persona, una enfermedad, una simple llamada. Mírame a mí, nunca imaginé que sería abogado. Mi camino era otro. Porque hubo un tiempo en que todavía soñaba despierto, convencido de mis capacidades, creyendo que cualquier meta podía ser alcanzada. Un mundo de emociones esperando que yo las conquistase, una a una, todas… Sentía que era un gusano camuflado en mitad de una colección de mariposas de papel, trabajando dentro de mi capullo, preparándome para echar a volar –lejos, muy lejos- cuando menos se lo esperasen. Será por eso, no lo sé, que con dieciséis años tuviera tan claro que quería ser actor.

Por entonces, cursaba tercero de BUP en Nuestra Señora de los Infantes, un colegio caro, pretencioso y bastante hortera, regentado por una orden religiosa consagrada a la adoración del dinero, único y verdadero dios gobernante dentro de aquellas paredes de piedra. La mayoría de sus alumnos tenía pedigrí. De hecho, aún me cuesta creer que pudiera existir semejante concentración de apellidos compuestos por metro cuadrado. Y los que no éramos nadie, lo remediábamos añadiéndonos «soy el hijo de» seguido del cargo de turno que ocupara en ese momento nuestro padre, y todo arreglado…

 – Guasap de Idaira. Éste sí que no lo esperaba hoy: “Ola niño. Q haces?”.

 Presiento una conversación reducida al blanco y al negro.

“Hola, pequeña. ¿Cómo vas?”.

“Puff, akí, trabajando…”. Le sigue un icono con un lagrimón sobre su frente.

“¿Mucha gente?”.

“A tope, pero da igual, hoy salgo a las 12”. Nuevos iconos, ahora de varias manos dando palmas seguidos de muñecas bailando sevillanas.

“¡Qué pronto!”.

“Siiiiiiiiiiii”, seguido de otro buen puñado de iconos. No me fijo demasiado en ellos. Me aburren.

Luego, repentinamente deja de estar en línea.

Mejor. Me lo veo venir.

Continúo-.

Mis ansias interpretativas me habían llevado a fundar una compañía de teatro que bauticé con el nombre de «Suicidio Kolectivo», de la cual yo era el director, productor y primer actor. De hecho, ahora que lo pienso, si la hubiese llamado «Viva yo y mi ombligo» tampoco hubiera ido muy desencaminado. Tenía tantas ganas de exhibirme que aún me extraña que el público, en lugar de aplaudir, no optase por tirarme cacahuetes…

Su estructura, además, tenía mucho de partido político. No realicé audiciones ni nada parecido. A dedo coloqué a José Manuel, mi mejor amigo, como segundo de abordo, el cual hizo lo propio con su hermana, que tampoco fue menos y sumó a otras tres de sus más allegadas, y así sucesivamente hasta que estuvimos todos los necesarios. Un plantel, debo reconocerlo, cuyo talento brillaba de tal manera por su ausencia, que cualquiera hubiese creído que venía alguien a meternos una escoba por el culo en cada ensayo… Tanto es así, que se me hace raro que el Pepe no manifestase ningún interés por apuntarse, las cosas como son.

Pero lo cierto es que, entre todos nosotros, había una excepción, alguien que sí conseguía deslumbrar, convirtiendo los focos en elementos inútiles, sólo un poco de luz de más prestada para la ocasión. Se llamaba Raquel y alrededor suyo flotaba algo distinto, una especie de polvillo dorado, sagrado e indefinible, arte en estado puro, como si tuviera superpuesta el alma a su propia piel…

Poseía una belleza muy poco común. Todo en su rostro parecía reducirse a un borrador de sí misma: sus ojos, la nariz, aquella boca… Parecía que la naturaleza, asustada de crear algo demasiado hermoso, hubiese preferido dejarlo a medias. Pero aun así, la suma de aquellos milagros, tímidos e inciertos, arrojaba un resultado fascinante, irreal, de dibujo animado japonés. Una matemática secreta e impredecible, deudora de sí misma, de su propia rareza. Una muchacha con bragas blancas de algodón, pero tanta magia dentro de sí que las hacía parecer de encaje. Cómo explicarlo. Si los sueños tienen algo en común es lo difícil que resulta buscarles la lógica… Ni qué decir tiene que yo, para variar, me enamoré como un loco de ella, apenas la vi subida en aquel escenario.

 

La obra escogida se titulaba «Los árboles mueren de pie» y su estreno estaba previsto dentro de los actos de fin de curso, lo que suponía un plus de presión para nuestro debut. Si algo se tomaban en serio los curas de mi colegio, además de la contabilidad, era aquel festival. Cinco días en los que se paralizaban las clases con el fin de celebrar todo tipo eventos, en su mayoría torneos. Nunca pensé que hubiera tantas disciplinas en las que se pudiera competir: fútbol, baloncesto, atletismo, vóley, tenis de mesa, orientación, yincana, ajedrez, ciencias, literatura, matemáticas… Cualquier cosa que sirviera para demostrar ante nuestros viejos que su dinero había sido nuevamente bien invertido, que sus hijos estábamos cada vez más preparados para salir a ese mundo hostil, machete en boca, listos para pisar el cuello a todo aquél que pudiera hacernos competencia, o no.

 

Raquel era la nieta del alcalde. Su padre había muerto un par de años atrás de un cáncer de esos que hay tan raros que cuesta ponerles nombre. Desde entonces, su carácter se había sumido en un espeso silencio, cargado de recuerdos amargos y presagios peores. Esa categoría de dolor que huye del ruido y se come a las personas despacio, desde lo más hondo de sus entrañas hasta la garganta…

– Nuevo Guasap de Idaira. “Perdooooona”.

No respondo. Ni siquiera lo abro. Tampoco los que le siguen.

“Mucha gente”.

“Un rollo”.

 “Estás?”.

“Eooooo”.

“Niñooooooooo”. Ahora, una muñeca morena alzando la mano. No tiene mucho sentido. Ella es rubia. Aunque pensándolo bien, tratándose de Idaira, sí lo tiene. Demasiado.  

“Jooooo”. Tres filas de iconos llorando.

Luego, se hace nuevamente el silencio. Más clientes, supongo.

Ahí fuera, la tormenta, igual que si supiera cómo continúa la historia, ha comenzado a enseñar los dientes.

Sigo-.

La tarde del estreno comenzó a llover repentinamente, y un viento rabioso azotaba las calles como el aliento de una maldición. El empedrado se inundó de un agua negra que resbalaba entre sus resquicios formando un laberinto de procesiones funerarias. Por suerte, mi madre me había obligado a coger un paraguas. No sé cuántos instintos se despiertan en una mujer al parir, pero si hay uno que nunca falla, es el que tienen para la meteorología.

Faltaban aún tres o cuatro manzanas para que llegase al colegio cuando advertí su silueta entre aquella cortina de gotas furiosas. Caminaba muy despacio, con la cabeza gacha y los brazos cruzados. La camisa del uniforme estaba tan mojada que se le había pegado al cuerpo, transparentado en algunas zonas el color de su piel, mientras que los pliegues de la falda parecían haberse batido en retirada.

Aceleré el paso para alcanzarla, preguntándome qué podía decirle, cómo saludarla. No éramos amigos. Ni siquiera compañeros de clase. Los charcos que nos separaban se convirtieron inesperadamente en agujeros negros y profundos, casi insalvables. En aquel momento me daba cuenta que nunca habíamos cruzado ni una sola palabra fuera del escenario, que toda conversación anterior se reducía a los diálogos que tomábamos prestados de aquella obra de teatro…

De repente, cuando apenas un metro nos separaba, se detuvo frente al escaparate de una tienda de antigüedades y contempló su reflejo en el cristal. A mí no me quedó otro remedio que hacer lo mismo, como una estatua improvisada a su lado. No parecía importarle que nos estuviera cayendo encima aquel diluvio. Sobre ese espejo, Raquel me recordaba a una pieza de artesanía, de esas que sólo se fabrican por casualidad, imposible de repetir porque el molde ha sido destruido. Tenía el pelo empapado de lluvia, pegado a la cara, y su mirada daba la impresión de no tener fondo. Diría que intentaba reflejar un alma que no era la suya, que nunca lo sería. Quizás por eso, en su boca se sostenía aquella sonrisa, triste, casi dolorosa…

Alargué mi brazo por detrás de su espalda y la cubrí con mi paraguas. Ella, sin apartar aún la vista de nuestro reflejo, dio un paso al lado y dejó que su hombro se apoyase contra mis costillas. Tuve un escalofrío al sentir su piel, sus dedos inesperadamente abrazando mi mano. Jamás habría encontrado palabras tan hermosas como las que consiguieron esconderse tras aquel silencio…

No puedo decir las veces que he reconstruido en mi memoria aquella escena, a cámara lenta, el momento en que giró la cabeza para mirarme de frente y yo la miré sin verla, cegado por las mil tristezas que se escondían tras aquellos ojos plateados. ¡Joder, que me muera ahora mismo si no me parecieron bajo sus pestañas húmedas la cosa más bonita que había visto en mi vida…! Hay instantes que es posible medir por milímetros, fracción a fracción. Y éste, lo juro, fue uno de ellos.

– Guasap de Esperanza. “¿Estás vivo?”.

Siento remordimientos de contestar sólo el suyo pese a tener tantos anteriores aún pendientes. Sobre todo, por Lunita. Aún así, lo hago:

“Aquí sigo, escribiendo”.

“¿Cómo vas?”.

“No lo sé”.

 “¿Te apetece…” seguido de una hilera de iconos de comida china, cervezas, copas de vino y risas.

Dudo un momento qué decirle. Quizás sería lo mejor dejar esto e ir. Finalmente, me escapo por la tangente: 

“Termino una cosa y te llamo. Ok?”

“Okk”-.

Aquel día se obró un pequeño milagro y la función, contra todo pronóstico, fue un éxito. Ni en el mejor de mis sueños había podido imaginar que conseguiríamos acabar poniendo en pie aquel auditorio, repleto de curas, padres y alumnos aplaudiéndonos al unísono como si no hubiera un mañana. Alguno incluso nos arrojó varias rosas al escenario. Los focos no me permitieron ver quién fue y más tarde, tampoco lo pregunté. Sin embargo, nunca he dudado que debió ser el Pepe. Sólo alguien como él habría sido capaz de anticiparse a las palmas y comprar aquellas flores. Porque eso tiene el verdadero amor, aunque se sepa imposible. No necesita ser entendido, ni tampoco lo pretende. Le basta con que lo dejen estar, que no es poco.

Ahora, viendo las cosas a distancia, comprendo cuáles fueron la razones de nuestro triunfo. Lógicamente, la actuación de mis compañeros tuvo mucho que ver. Aunque me cuesta creerlo, bordaron sus papeles. Hasta el último momento habían tenido problemas para recordar sus textos. Bueno, ése es el maravilloso misterio del teatro. Una sucesión de obstáculos que conducen a un irremediable desastre, que nadie sabe cómo, siempre sale bien. Pero no. Aquel día, hubo más. Raquel y yo inundamos de pasión ese escenario. Nunca dos fantasmas literarios estuvieron tan vivos. Lo que había entre nosotros era real. Algo dulce, sincero, loco y un poco complicado. Quizás fuese magia, no lo sé, pero resultaba tan fácil como soplar las velas teniendo el deseo enfrente…

– Hola Jorge.

El corazón me saltó dentro del pecho al escuchar mi nombre en la boca de Lucía.

Las cosas nunca suceden como las imaginamos. Lo último que yo esperaba era encontrarme con aquella chica en la puerta de mi camerino.

Necesitaría muchas páginas para explicar no tanto quién, sino qué significaba Lucía. Por eso, es mucho más fácil reconocer que por entonces, lo reunía todo. Era algo más alta que yo, tenía unos ojos azules inmensos y el óvalo de su cara, enmarcado por dos pómulos que sobresalían lo justo, era perfecto. No merece la pena ahondar en la descripción de su melena anaranjada, ni en aquella cintura de avispa o en sus descomunales pechos… Basta con añadir que hacía COU, y que en su voz no quedaba ya ninguna tersura virginal, lo que la convertía, aún si cabe, en un ser más intrigante para pardillos de mi especie

– Me ha gustado mucho la obra. Pero sobre todo, tú. ¡Has estado impresionante!

Creí por un momento convertirme en una estatua de sal. Mi voz apenas fue un susurro.

– Gracias…

– ¿Te gustaría venir a mi casa? Mis padres no están y vamos a hacer una pequeña fiesta…

Me contemplaba con una sonrisa divertida, consciente de mi angustia. Había brujería en sus labios. Imposible no sucumbir.

– Claro…

– ¡Bien! Te esperamos fuera…

Después, se dio la vuelta y caminó un par de pasos en retirada. Antes de desaparecer, volvió la cabeza y dijo:

– Oye…

– ¿Sí?

– De verdad, enhorabuena… Me ha encantado.

Al salir del colegio todavía llovía. El aliento de los relámpagos se intuía por detrás de los edificios y salpicaba los charcos con su reflejo. En el cielo, desdibujada tras aquel manto de nubes negras, una luna ciega parecía negarse a ser testigo.

Justo cuando me reuní con Lucía y sus amigos, advertí la presencia de Raquel. Estaba refugiada en uno de los soportales de la entrada, esperándome. Me miraba sin pestañear, como se mira a un extraño o a un objeto desconocido. No parecía creerse lo que estaba viendo. Aquella tarde había construido todo un mundo alrededor mía, sin darse cuenta que lo había apoyado en endebles decorados de cartón, demasiado fáciles de vencer por la realidad –mi maldita realidad- y aquella puta lluvia…

Todavía hoy puedo contemplar sus ojos llenos de rabia, podré verlos hasta el instante justo de mi muerte…

Me quedé unos segundos observándola, sin moverme, viendo cómo se alejaba bajo la lluvia, llevándose consigo una parte de mí y otras cosas inútiles.

Eché a andar con mis nuevos amigos. Lucía iba cogida conmigo del brazo, ocupando ese lugar bajo mi paraguas que hacía tan poco había pertenecido a Raquel. Pensé que se podía caer más bajo, pero no mucho…

Al poco, pasamos por delante de la tienda de antigüedades. Esta vez no me detuve a mirar mi reflejo en aquel cristal, sabía que no me gustaría.

Pero allí quedó nuestro silencio, con sus miradas, sus latidos y sus alientos inservibles, agazapados frente a un escaparate incapaz de cobijarlos…

(Continuará…)

 

 

 

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