Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (3º entrega)

Acababa de abrirse la caja de Pandora.

– El teléfono se ha encendido. Veo aparecer la manzanita blanca sobre fondo negro. A continuación, me solicita el código de desbloqueo. Lo meto. Ahora el pin. Marco los cuatro dígitos. Dos segundos y se activa. Al tercero, comienza una retahíla de pitidos:

 “Mensajes. Lunita. El número 665095697 le ha llamado a las 22:03 el 16 Jul”.

“Guasap. Lunita. 3 notificaciones”.

“Guasap. Juanmi. Notificación”.

“Guasap. Papuchini. 2 notificaciones”.

“Guasap. Paulita. 2 notificaciones”.

Dudo si abrirlos y contestar, pero no lo hago.

Miro el reloj. Son las diez y cuarenta.

Esperaré un rato más-.

Quizás debería dejarlo aquí. No tiene sentido que me entretenga recogiendo los añicos de un alma que yo mismo he apedreado. ¿Para qué? El pasado es mentiroso. Le sucede como al rabo de una lagartija cuando se lo cortas: finge el movimiento de la vida, pero, en realidad, está muerto. Nunca regresa. Y mucho menos, da segundas oportunidades…

He de solucionar lo de Luna. Se está convirtiendo en una situación incómoda. E injusta. Para ella y para mí. Pensaba que iba a conseguir mantener una relación parecida a la que tengo con Esperanza, pero cada día me doy más cuenta que en este escenario no hay sitio para las dos. En realidad, puede que para ninguna. Porque yo no siento, ni por asomo, lo que ellas: ese Amor, con mayúscula, con pretenciosa y traicionera mayúscula, en celo. Hambriento como un cáncer que se las come por dentro, y que sin él no serían más que un cascarón vacío, mujeres sin un alma propia.

Me duele pensar que me estoy aprovechando de ellas, de su obsesión por mí. Y aún así, lo sigo haciendo. Ésa es la verdad. Soy un caradura, egoísta y cobarde. Un puto comercial vendiendo sentimientos de humo, pura palabrería, sólo un rollo bien aprendido. Un charlatán, un casanova de pacotilla, un bicho malo. Porque en el terreno de las pasiones no existen los grises, por más que me empeñe en repetirlo. O se ama o no se ama. Todo lo demás es cinismo, esa zona oscura de nosotros mismos donde se esconde el interés. Y en eso, maldita sea, no hay quien me gane.

Quieren salvarme. Pero también salvarse ellas. Son incapaces de asumir que yo sea así, que siempre lo haya sido, que no conseguirán cambiarme. Reconocerlo las enloquece. Necesitan sostenerse a flote, aunque sea aferrándose al fantasma de Marina. Un par de náufragas obligadas a compartir los resquicios tambaleantes de un barco ya hundido. Como si yo fuera un alacrán cercado por el fuego de dolores pasados, obligado por el instinto a verter sobre mí mismo mi propio veneno.

Se equivocan. Nunca he sido la víctima, sino el verdugo. Si soy lo que soy, no se debe al miedo, ni tampoco a ninguna de esas gilipolleces y argumentaciones de fogueo que los tíos ponemos como excusa para huir del compromiso. Es sencillamente, mi naturaleza… Y esto lo asumí, sin duda, desde el mismo instante en que vi llover aquella rabia infinita dentro de los ojos de Raquel…

 

Aquel mes de mayo, Aznar sustituyó a Felipe González en la Moncloa, ocho alpinistas perdieron la vida escalando el monte Everest y el Boca Yuniors palmó por seis goles a cero el día que reinauguraba su estadio. Por cierto, aunque ya pocos se acuerden, también nació la oveja Doly.

 

La vida carece de argumento. No hay patrones. Nada sigue un guión. Menos aún ése que nos hubiera gustado escribir para nosotros mismos. Las cosas ocurren porque sí. Nadie es dueño de su destino. Todo influye, cualquier circunstancia puede llevarnos a tomar rumbos inesperados. Una persona, una enfermedad, una simple llamada. Mírame a mí, nunca imaginé que sería abogado. Mi camino era otro. Porque hubo un tiempo en que todavía soñaba despierto, convencido de mis capacidades, creyendo que cualquier meta podía ser alcanzada. Un mundo de emociones esperando que yo las conquistase, una a una, todas… Sentía que era un gusano camuflado en mitad de una colección de mariposas de papel, trabajando dentro de mi capullo, preparándome para echar a volar –lejos, muy lejos- cuando menos se lo esperasen. Será por eso, no lo sé, que con dieciséis años tuviera tan claro que quería ser actor.

Por entonces, cursaba tercero de BUP en Nuestra Señora de los Infantes, un colegio caro, pretencioso y bastante hortera, regentado por una orden religiosa consagrada a la adoración del dinero, único y verdadero dios gobernante dentro de aquellas paredes de piedra. La mayoría de sus alumnos tenía pedigrí. De hecho, aún me cuesta creer que pudiera existir semejante concentración de apellidos compuestos por metro cuadrado. Y los que no éramos nadie, lo remediábamos añadiéndonos «soy el hijo de» seguido del cargo de turno que ocupara en ese momento nuestro padre, y todo arreglado…

 – Guasap de Idaira. Éste sí que no lo esperaba hoy: “Ola niño. Q haces?”.

 Presiento una conversación reducida al blanco y al negro.

“Hola, pequeña. ¿Cómo vas?”.

“Puff, akí, trabajando…”. Le sigue un icono con un lagrimón sobre su frente.

“¿Mucha gente?”.

“A tope, pero da igual, hoy salgo a las 12”. Nuevos iconos, ahora de varias manos dando palmas seguidos de muñecas bailando sevillanas.

“¡Qué pronto!”.

“Siiiiiiiiiiii”, seguido de otro buen puñado de iconos. No me fijo demasiado en ellos. Me aburren.

Luego, repentinamente deja de estar en línea.

Mejor. Me lo veo venir.

Continúo-.

Mis ansias interpretativas me habían llevado a fundar una compañía de teatro que bauticé con el nombre de «Suicidio Kolectivo», de la cual yo era el director, productor y primer actor. De hecho, ahora que lo pienso, si la hubiese llamado «Viva yo y mi ombligo» tampoco hubiera ido muy desencaminado. Tenía tantas ganas de exhibirme que aún me extraña que el público, en lugar de aplaudir, no optase por tirarme cacahuetes…

Su estructura, además, tenía mucho de partido político. No realicé audiciones ni nada parecido. A dedo coloqué a José Manuel, mi mejor amigo, como segundo de abordo, el cual hizo lo propio con su hermana, que tampoco fue menos y sumó a otras tres de sus más allegadas, y así sucesivamente hasta que estuvimos todos los necesarios. Un plantel, debo reconocerlo, cuyo talento brillaba de tal manera por su ausencia, que cualquiera hubiese creído que venía alguien a meternos una escoba por el culo en cada ensayo… Tanto es así, que se me hace raro que el Pepe no manifestase ningún interés por apuntarse, las cosas como son.

Pero lo cierto es que, entre todos nosotros, había una excepción, alguien que sí conseguía deslumbrar, convirtiendo los focos en elementos inútiles, sólo un poco de luz de más prestada para la ocasión. Se llamaba Raquel y alrededor suyo flotaba algo distinto, una especie de polvillo dorado, sagrado e indefinible, arte en estado puro, como si tuviera superpuesta el alma a su propia piel…

Poseía una belleza muy poco común. Todo en su rostro parecía reducirse a un borrador de sí misma: sus ojos, la nariz, aquella boca… Parecía que la naturaleza, asustada de crear algo demasiado hermoso, hubiese preferido dejarlo a medias. Pero aun así, la suma de aquellos milagros, tímidos e inciertos, arrojaba un resultado fascinante, irreal, de dibujo animado japonés. Una matemática secreta e impredecible, deudora de sí misma, de su propia rareza. Una muchacha con bragas blancas de algodón, pero tanta magia dentro de sí que las hacía parecer de encaje. Cómo explicarlo. Si los sueños tienen algo en común es lo difícil que resulta buscarles la lógica… Ni qué decir tiene que yo, para variar, me enamoré como un loco de ella, apenas la vi subida en aquel escenario.

 

La obra escogida se titulaba «Los árboles mueren de pie» y su estreno estaba previsto dentro de los actos de fin de curso, lo que suponía un plus de presión para nuestro debut. Si algo se tomaban en serio los curas de mi colegio, además de la contabilidad, era aquel festival. Cinco días en los que se paralizaban las clases con el fin de celebrar todo tipo eventos, en su mayoría torneos. Nunca pensé que hubiera tantas disciplinas en las que se pudiera competir: fútbol, baloncesto, atletismo, vóley, tenis de mesa, orientación, yincana, ajedrez, ciencias, literatura, matemáticas… Cualquier cosa que sirviera para demostrar ante nuestros viejos que su dinero había sido nuevamente bien invertido, que sus hijos estábamos cada vez más preparados para salir a ese mundo hostil, machete en boca, listos para pisar el cuello a todo aquél que pudiera hacernos competencia, o no.

 

Raquel era la nieta del alcalde. Su padre había muerto un par de años atrás de un cáncer de esos que hay tan raros que cuesta ponerles nombre. Desde entonces, su carácter se había sumido en un espeso silencio, cargado de recuerdos amargos y presagios peores. Esa categoría de dolor que huye del ruido y se come a las personas despacio, desde lo más hondo de sus entrañas hasta la garganta…

– Nuevo Guasap de Idaira. “Perdooooona”.

No respondo. Ni siquiera lo abro. Tampoco los que le siguen.

“Mucha gente”.

“Un rollo”.

 “Estás?”.

“Eooooo”.

“Niñooooooooo”. Ahora, una muñeca morena alzando la mano. No tiene mucho sentido. Ella es rubia. Aunque pensándolo bien, tratándose de Idaira, sí lo tiene. Demasiado.  

“Jooooo”. Tres filas de iconos llorando.

Luego, se hace nuevamente el silencio. Más clientes, supongo.

Ahí fuera, la tormenta, igual que si supiera cómo continúa la historia, ha comenzado a enseñar los dientes.

Sigo-.

La tarde del estreno comenzó a llover repentinamente, y un viento rabioso azotaba las calles como el aliento de una maldición. El empedrado se inundó de un agua negra que resbalaba entre sus resquicios formando un laberinto de procesiones funerarias. Por suerte, mi madre me había obligado a coger un paraguas. No sé cuántos instintos se despiertan en una mujer al parir, pero si hay uno que nunca falla, es el que tienen para la meteorología.

Faltaban aún tres o cuatro manzanas para que llegase al colegio cuando advertí su silueta entre aquella cortina de gotas furiosas. Caminaba muy despacio, con la cabeza gacha y los brazos cruzados. La camisa del uniforme estaba tan mojada que se le había pegado al cuerpo, transparentado en algunas zonas el color de su piel, mientras que los pliegues de la falda parecían haberse batido en retirada.

Aceleré el paso para alcanzarla, preguntándome qué podía decirle, cómo saludarla. No éramos amigos. Ni siquiera compañeros de clase. Los charcos que nos separaban se convirtieron inesperadamente en agujeros negros y profundos, casi insalvables. En aquel momento me daba cuenta que nunca habíamos cruzado ni una sola palabra fuera del escenario, que toda conversación anterior se reducía a los diálogos que tomábamos prestados de aquella obra de teatro…

De repente, cuando apenas un metro nos separaba, se detuvo frente al escaparate de una tienda de antigüedades y contempló su reflejo en el cristal. A mí no me quedó otro remedio que hacer lo mismo, como una estatua improvisada a su lado. No parecía importarle que nos estuviera cayendo encima aquel diluvio. Sobre ese espejo, Raquel me recordaba a una pieza de artesanía, de esas que sólo se fabrican por casualidad, imposible de repetir porque el molde ha sido destruido. Tenía el pelo empapado de lluvia, pegado a la cara, y su mirada daba la impresión de no tener fondo. Diría que intentaba reflejar un alma que no era la suya, que nunca lo sería. Quizás por eso, en su boca se sostenía aquella sonrisa, triste, casi dolorosa…

Alargué mi brazo por detrás de su espalda y la cubrí con mi paraguas. Ella, sin apartar aún la vista de nuestro reflejo, dio un paso al lado y dejó que su hombro se apoyase contra mis costillas. Tuve un escalofrío al sentir su piel, sus dedos inesperadamente abrazando mi mano. Jamás habría encontrado palabras tan hermosas como las que consiguieron esconderse tras aquel silencio…

No puedo decir las veces que he reconstruido en mi memoria aquella escena, a cámara lenta, el momento en que giró la cabeza para mirarme de frente y yo la miré sin verla, cegado por las mil tristezas que se escondían tras aquellos ojos plateados. ¡Joder, que me muera ahora mismo si no me parecieron bajo sus pestañas húmedas la cosa más bonita que había visto en mi vida…! Hay instantes que es posible medir por milímetros, fracción a fracción. Y éste, lo juro, fue uno de ellos.

– Guasap de Esperanza. “¿Estás vivo?”.

Siento remordimientos de contestar sólo el suyo pese a tener tantos anteriores aún pendientes. Sobre todo, por Lunita. Aún así, lo hago:

“Aquí sigo, escribiendo”.

“¿Cómo vas?”.

“No lo sé”.

 “¿Te apetece…” seguido de una hilera de iconos de comida china, cervezas, copas de vino y risas.

Dudo un momento qué decirle. Quizás sería lo mejor dejar esto e ir. Finalmente, me escapo por la tangente: 

“Termino una cosa y te llamo. Ok?”

“Okk”-.

Aquel día se obró un pequeño milagro y la función, contra todo pronóstico, fue un éxito. Ni en el mejor de mis sueños había podido imaginar que conseguiríamos acabar poniendo en pie aquel auditorio, repleto de curas, padres y alumnos aplaudiéndonos al unísono como si no hubiera un mañana. Alguno incluso nos arrojó varias rosas al escenario. Los focos no me permitieron ver quién fue y más tarde, tampoco lo pregunté. Sin embargo, nunca he dudado que debió ser el Pepe. Sólo alguien como él habría sido capaz de anticiparse a las palmas y comprar aquellas flores. Porque eso tiene el verdadero amor, aunque se sepa imposible. No necesita ser entendido, ni tampoco lo pretende. Le basta con que lo dejen estar, que no es poco.

Ahora, viendo las cosas a distancia, comprendo cuáles fueron la razones de nuestro triunfo. Lógicamente, la actuación de mis compañeros tuvo mucho que ver. Aunque me cuesta creerlo, bordaron sus papeles. Hasta el último momento habían tenido problemas para recordar sus textos. Bueno, ése es el maravilloso misterio del teatro. Una sucesión de obstáculos que conducen a un irremediable desastre, que nadie sabe cómo, siempre sale bien. Pero no. Aquel día, hubo más. Raquel y yo inundamos de pasión ese escenario. Nunca dos fantasmas literarios estuvieron tan vivos. Lo que había entre nosotros era real. Algo dulce, sincero, loco y un poco complicado. Quizás fuese magia, no lo sé, pero resultaba tan fácil como soplar las velas teniendo el deseo enfrente…

– Hola Jorge.

El corazón me saltó dentro del pecho al escuchar mi nombre en la boca de Lucía.

Las cosas nunca suceden como las imaginamos. Lo último que yo esperaba era encontrarme con aquella chica en la puerta de mi camerino.

Necesitaría muchas páginas para explicar no tanto quién, sino qué significaba Lucía. Por eso, es mucho más fácil reconocer que por entonces, lo reunía todo. Era algo más alta que yo, tenía unos ojos azules inmensos y el óvalo de su cara, enmarcado por dos pómulos que sobresalían lo justo, era perfecto. No merece la pena ahondar en la descripción de su melena anaranjada, ni en aquella cintura de avispa o en sus descomunales pechos… Basta con añadir que hacía COU, y que en su voz no quedaba ya ninguna tersura virginal, lo que la convertía, aún si cabe, en un ser más intrigante para pardillos de mi especie

– Me ha gustado mucho la obra. Pero sobre todo, tú. ¡Has estado impresionante!

Creí por un momento convertirme en una estatua de sal. Mi voz apenas fue un susurro.

– Gracias…

– ¿Te gustaría venir a mi casa? Mis padres no están y vamos a hacer una pequeña fiesta…

Me contemplaba con una sonrisa divertida, consciente de mi angustia. Había brujería en sus labios. Imposible no sucumbir.

– Claro…

– ¡Bien! Te esperamos fuera…

Después, se dio la vuelta y caminó un par de pasos en retirada. Antes de desaparecer, volvió la cabeza y dijo:

– Oye…

– ¿Sí?

– De verdad, enhorabuena… Me ha encantado.

Al salir del colegio todavía llovía. El aliento de los relámpagos se intuía por detrás de los edificios y salpicaba los charcos con su reflejo. En el cielo, desdibujada tras aquel manto de nubes negras, una luna ciega parecía negarse a ser testigo.

Justo cuando me reuní con Lucía y sus amigos, advertí la presencia de Raquel. Estaba refugiada en uno de los soportales de la entrada, esperándome. Me miraba sin pestañear, como se mira a un extraño o a un objeto desconocido. No parecía creerse lo que estaba viendo. Aquella tarde había construido todo un mundo alrededor mía, sin darse cuenta que lo había apoyado en endebles decorados de cartón, demasiado fáciles de vencer por la realidad –mi maldita realidad- y aquella puta lluvia…

Todavía hoy puedo contemplar sus ojos llenos de rabia, podré verlos hasta el instante justo de mi muerte…

Me quedé unos segundos observándola, sin moverme, viendo cómo se alejaba bajo la lluvia, llevándose consigo una parte de mí y otras cosas inútiles.

Eché a andar con mis nuevos amigos. Lucía iba cogida conmigo del brazo, ocupando ese lugar bajo mi paraguas que hacía tan poco había pertenecido a Raquel. Pensé que se podía caer más bajo, pero no mucho…

Al poco, pasamos por delante de la tienda de antigüedades. Esta vez no me detuve a mirar mi reflejo en aquel cristal, sabía que no me gustaría.

Pero allí quedó nuestro silencio, con sus miradas, sus latidos y sus alientos inservibles, agazapados frente a un escaparate incapaz de cobijarlos…

(Continuará…)

 

 

 

En dos

Separado de mi carne, de los nervios,
de los nombres que me han puesto en este tiempo,
al fin siendo dos consigo mirarme,
a los ojos y al suelo,
y lloro en mi hombro, desolado, afligido, agotado.

Me quité los velos pero la piel primero,
y desnudo arranqué de mí tus raíces, tus verdades,
las promesas no cumplidas,
ese alma tuya que llevaba dentro, dormida, sin aliento…

Quise trasplantarte en la tierra de mi pecho,
en el calor de un sexo dormido, olvidado
por el tiempo que ha pasado, sin haberse inmutado.
lamerte como un perro tus heridas, tus rodillas,
las manos y los sueños.

No quiero seguir gritándole más a los espacios abiertos,
ni al silencio, ni a la luna, ni a su cielo negro,
al agua o al fuego, al vacío que deja la soledad
que todos llevamos dentro.

No quisiera enfrentarme a mí de nuevo,
ni tener que callar mis llantos y lamentos,
ni decirle al viento mintiendo, ¡no sufras, no tengas miedo!
Estaremos juntos en fracasos y recuerdos…

Por un momento creí barrer mi propio desierto,
pero no… No me arrepiento, aprendí que las heridas
las cura el tiempo. Y que la soledad vive dichosa en todas partes.
Hoy no me culparé, me mantendré en pie,
sin evitar seguir pensando en tus ojos negros,
en la pasión que descargaron nuestros sudados cuerpos.

Sabes bien que a ti te espero, como la muerte espera al viejo,
como el llanto algún consuelo,
como la pasión espera un cuerpo ajeno,
como el barco de vela espera al viento,
como el agua al sediento,
como la vida tu primer lamento.

Y en este preciso momento, mi vida,
en el que mis alas plegadas luchan por abrir su vuelo,
en el que el aire es mi único compañero,
en este preciso momento, mi vida,
me doy cuenta, que sin ti nunca estaré completo.

Ausencias

 

Muero maldiciendo aquellos momentos,
cuando no tuve la convicción necesaria,
dominado por las dudas, la debilidad, el miedo.

Ese instante fugaz en que te perdí…

Fue noche de traición y de misterio,
cayendo en brazos de quien siempre me engaña,
y huimos ambos, sobre el mar dormido,
haciendo del lecho un vasto cementerio.

Me cubro todo de sudor helado
y pálida queda mi alma, cual marchita flor
ya sin fuerzas, sin aliento, inerte
parezco en vida haber muerto.

Igual resultaría a los eternos dioses,
quién de ellos verse frente a ti pudiera,
en el extremo de la barra, acodado:
¡Feliz si gozase uno de ellos,
de tu palabra suave, de tu suave risa!

Fuego etílico dentro mi cuerpo,
febril veneno: mis ojos dudosos
vagan sin rumbo, los oídos hacen
ronco zumbido…

Fue trágico y fatal mi adulterio,
víctima de situación extrema y tan aguda
una mujer a quien mis dedos siempre soñaron,
pero nunca sintieron.

A mí ahora en el pecho el corazón me oprime,
sólo con recordarte: ni la voz acierta,
de mi garganta a emitir un lamento; y rota
calla esta lengua maldita.

Ahora, de ti nada me queda.
Sólo tengo esta pluma que maldice
y llora sin consuelo tu ausencia,
como lloro yo tu silencio.

Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (2ª entrega)

 

Esperanza es un poco así. Y también Lunita. Incluso lo era Marina. En realidad, la mayor parte de las mujeres que han orbitado alrededor mía, son muy parecidas. Viven perpetuadas en un continuo choque entre fantasía y realidad. No me cuesta imaginármelas de niñas, porque nunca han dejado de serlo. Nacieron para amar y ser amadas, no para ser comprendidas. Supongo que al bueno de Disney se le fue de las manos al convencerlas que sólo hacía falta paciencia –y un poco de azúcar- para que apareciese su príncipe azul. Y ellas se lo tragaron. Joder si se lo tragaron. Y ahora, les da igual si hay que esperar cien años durmiendo en el sombrío torreón de un castillo. Tarde o temprano, él llegará y no habrá dragón suficientemente feroz para impedir que sean liberadas. Poco importa que la realidad demuestre, una y otra vez, que se equivocan. Que las ranas, por mucho que se las bese, siempre serán ranas…

Pero ellas insisten. Porque una mujer es incapaz de creerse que algo bueno le pueda suceder si no es sufriendo primero. Ocurre algo parecido a cuando se ponen esas cremas anticelulíticas con «efecto calor» y se van a la cama. Llevan el culo ardiendo y los pies helados, pero tan contentas. Por eso imagino que se enamoran de mí. Acaban de cumplir los cuarenta, tienen dos o tres hijos y los tíos de los que se han divorciado pusieron tanto esfuerzo en hacerlas sentir pequeñas que se lo han terminado por creer. Están machacadas. Las únicas alas que no les han cortado son las de las compresas. Llevan una década sumergidas en matrimonios silenciosos, conversaciones resumidas a dos puntos en el orden del día: «¿Qué hay de comer?» «¿Qué hay de cenar?». Años sin detalles ni sorpresas. De cajones volando y portazos. Continuos reproches. Rabia amordazada con sonrisas de dientes apretados. Sexo derrotado. Sin pasión. Perezoso. Polvos convertidos en declaraciones del IVA, trimestrales y por obligación. Un «acóplate encima» como si se estuviera jugando una partida al Tetris… ¡Hostias, que para alcanzar el orgasmo tenían que hacer más contorsionismo que una china del Circo del Sol!

Sin embargo, cuando están conmigo sucede algo distinto. Les doy esperanza. Mis palabras están estudiadas, mis silencios medidos. Proporcionan fantasía e ilusión. Descubren la magia de existir y se sienten otra vez bonitas. Aunque cada uno de mis besos sea prefabricado, les queman en la boca. Sospechan que nada es real, pero prefieren mirar para otro lado. Les hace dolorosamente felices. Un simple espejismo. Una quimera. Sólo una droga más. Peor que un veneno.

Y cuesta entender porqué les ha pasado, con lo simple que es hacerlas sonreír. Y lo hermoso. Creo que no hay espectáculo más lindo. Ese momento en que sus ojos y su boca se hacen cómplices para detener el tiempo. Nada importa entonces que su belleza sea verso o prosa. Un instante donde no hay sombras ni fantasmas. Sólo queda su verdadera desnudez, ésa que siempre es hermosa. Arena y viento. Porque sus entrañas serán peligro, inestabilidad y riesgo, pero también luz. Y vida. Un remoto paisaje por estrenar, pues cada nueva sonrisa hará caducar a la anterior… Sólo un idiota sería incapaz de no verlo.

Y yo, lo he sido.

Supongo que todos guardamos en el saco del alma experiencias, importantes o triviales, cuya influencia cambió el rumbo natural de nuestras vidas. Acontecimientos que nos obligaron a dejar algo atrás, como un reptil que abandona su piel porque va revestido de una nueva, aparentemente igual, pero distinta. Un «algo» que se alejó para siempre, irrecuperable, y que, sin embargo, no fue sino el desahucio de una parte de nosotros mismos.

Palabras y palabras envueltas en el celofán aterrador de los susurros de mi conciencia…

Aquel año, Fujimori derrotó a Vargas Llosa en las elecciones de Perú, los iraquíes invadieron Kuwait y Hugo Sánchez ganó el Pichichi con treinta y ocho goles. Pero nada de esto había sucedido aún cuando acompañé a mi abuelo y a mi padre a pescar carpas en el pantano. Era aún Semana Santa. La primavera estaba en flor. Lo sé porque las habas tenían la misma altura que yo y nos habíamos tirado toda la tarde pelando sus vainas para usarlas como cebo.

La noche había caído y la luna estaba en el cielo viuda, una estampa de soledad. A través del chándal, sentía el frío y la vaga humedad de la atmósfera. Reinaba la quietud y el silencio. Sólo los mosquitos, muy murcianos ellos, se resistían a acostarse. De hecho, retengo con nitidez la imagen de mi padre dándose palmadas en los brazos para ahuyentarlos. Cualquiera hubiera creído que lo que corría por sus venas era pisto con huevos y no sangre…

En un momento dado, abandonaron la vigilancia de sus cañas y vinieron a sentarse a mi lado. Mi abuelo, antes de hacerlo, recogió uno de los sacos de dormir y me envolvió en él igual que a una momia. Mi viejo, más en su línea, prefirió aprovechar la ocasión para abrirse una cerveza, encender un cigarro y observar ese punto vacío del universo, tan suyo, que debía conocérselo de memoria.

–    ¿Qué ha pasado con Cristina?

La pregunta me pilló a traición. Los mayores tenían la dichosa costumbre de hurgarme el cerumen cuando menos lo esperaba. Mi madre prefería las orejas. Él había elegido rascar en mi alma.

–    Nada- quise mentir, pero mi voz sonó igual que una confesión. Me podía la vergüenza, ésa que sólo experimentan los niños, tan elemental y tan roja que los hace enroscarse sobre sí mismos como caracoles fatalistas.

– Pausa. Acaba de escribirme Lunita. Era de prever. De hecho, mientras escribo, no paran de sonar nuevos Guasap, uno detrás de otro. No entiendo esta manía suya de limitar a una, dos o tres palabras cada mensaje. El campaneo se hace insoportable; “Tas???”. “Hooola”. “Pos no tas”. “Jooooo”. Continúa con una ristra de iconos tristes, luego muñecas rubias tapándose la cara y cierra con un enternecedor “te echo de menos”. Le contesto: “Toy”. No parece entrarle. “Eoooo”. Nada. Una sola raya en los bocadillos verdes. Estará en una parte de su casa sin cobertura. Es lo que tiene vivir en una de esas urbanizaciones de a tomar por culo; la llamaría, pero prefiero seguir con esto un poco. Además, sólo me queda un dos por ciento de batería. Tengo que bajar al coche a por el cargador-

Cristina era una amiga de mi prima Lauri. Había venido a pasar las vacaciones en nuestra casa de la huerta. Era de Madrid y estudiaba en una escuela francesa de las más caras, esas que son para el resto de la vida como una tarjeta de presentación. Aunque no era guapa y su cuerpo aún se escondía debajo del dibujo rectilíneo de los once años, había algo en ella que me cautivó. Tenía personalidad. Ese «algo» indefinible que no se sabe qué es pero consigue estrujarnos las entrañas como si fueran papel de plata. Quizás fuese su manera refinada de hablar. Puede que de moverse. Seguramente que diera la impresión de esconder un universo tras su mirada, no lo sé. Lo único cierto es que, apenas posé la mía sobre la suya, quedé atrapado dentro del fuego verde de sus ojos.

Pasé los primeros días con ellas jugando a la goma, al tranco y a las palmas. No me importaba que todo aquello fueran juegos de chicas y mi balón un objeto ajeno y estúpido, como de otro mundo. Lo cierto es que sólo por sentir sus manos al chocar con las mías, habría sido capaz de aprenderme hasta la última coreografía de aquellas malditas canciones… En ocasiones, sé que intentaban esquivarme para hablar de sus cosas, seguramente de chicos, o simplemente para leer a escondidas la Superpop. Pero todos sus esfuerzos resultaban en vano. Yo las seguía por la finca como una sombra hostil, con esa tenacidad que tienen los detectives caros. Y justo antes de dormir, ponía todo mi esfuerzo en recordarla para que de ese modo se metiera en mis sueños…

Y es que para un niño amar no se diferencia mucho de ver un espectáculo de fuegos artificiales. Siempre le parece que es la primera vez. Los sentimientos son una confusión entre realidad y deseo: apenas se distingue qué es lo uno y nada se sabe de lo otro, qué cosas ocurren de verdad y cuáles no han existido jamás fuera del terreno de la fantasía…

Y yo, claro, me había enamorado de Cristina. O, como siempre, eso creía.

 

Una tarde, al tercer o cuarto día, en un arrebato inconsciente y hormonal, decidí que tenía que pedirle «de salir». Nunca antes se lo había preguntado a nadie. Tampoco tenía muy claro cómo hacerlo.

–      Eres muy guapa.

Puso los ojos en blanco y se mordió el labio inferior. Su belleza era tormentosa y nocturna. Arrogante. Como satisfecha en su propia imperfección.

Tomé aire. Mis entrañas eran puro nervio. Mi voz, un reflejo.

–      Y me gustas.

Ella aumentó, halagada, la luz de su sonrisa.

–      ¿Quieres salir conmigo?

Cristina bajó la vista hacia sus zapatillas e hizo una pausa que no supe interpretar… Un parpadeo de tiempo que tuvo para mí dimensión de eternidad. Mi cuerpo entero pareció ablandarse, encogerse, sucumbir al peso imaginario de unos miedos recién estrenados.

– Sí… No sé… Déjame que lo piense. Mañana te lo digo.

A continuación, se marchó corriendo hasta donde estaba mi prima y le murmuró algo al oído. Lauri la escuchaba con las manos en la cintura para contener la risa. Mi irresistible villana se lo estaba contando y yo no sabía qué hacer, si ir hacia ella y abofetearla o cogerla de los hombros y besarla…

– Guasap. “Toy”, responde Lunita. Ya le deben haber entrado mis mensajes. Voy a llamarla…

La conversación se ha cortado a medio hablar. El puto móvil, finalmente, ha muerto. Y como es un jodido AIFONEQUIS cojonudo de la muerte, tan bonito y tan chachi, aún tardará más de diez minutos en volverse a encender.

Y el cargador en el coche. ¡Estupendo!

Lunita me ha dejado jodido. Tiene ese don. Al contarle que no iba a verla, me ha reprochado que seguir aquí escribiendo será lo que yo necesito, pero ella, en mi lugar, elegiría verme. Y digo reproche, pese a su obstinado “para nada lo es”. Simplemente, me ha repetido, que es lo que ella elegiría.

“Jorge, no te enfades, sólo es mi punto de vista”.

¡Uf, qué rabia me da!-  

A la mañana siguiente, comido por la impaciencia, me desperté muy temprano. Una luz sórdida, cenicienta, se desplomaba sobre todas las cosas, como si hubieran sumergido la realidad dentro del cubo de la fregona. Todos dormían aún. O al menos, estoy seguro que lo hacía mi padre: en toda la casa se podía escuchar el quejido intermitente y feroz que son sus ronquidos, única herencia que el viejo, poco propenso a la generosidad, ha querido dejarme en vida.

Durante un buen rato, esperé en el salón a que se despertasen. Encendí la televisión para distraerme, pero fue en vano. La mente puede convertirse en una jaula de cuervos diabólicos y el miedo, que en el fondo es un cachondo, disfrazarse de cualquier cosa. De hecho, juro que viendo los Masters del Universo escuché con nitidez como Jiman, en lugar de clamar «¡Por el poder de Greiscul!», gritaba «¡¿Quieres salir conmigo?!» a un Esqueletor que le respondía con un «¡Mañana te lo digo!».

Salí de la casa y me senté a los pies del pozo. Las lomas, antes plateadas, se veían inflamadas de un naranja muy intenso. No sentía hambre ni sed, ni frío ni calor, ni alegría ni tristeza, nada. Había estado pensando tanto en ello -llevado por esta manía mía de querer razonarlo siempre todo, desde cualquier ángulo, cada rincón, hasta la última esquina-, que había terminado por agotar mi propio pensamiento. Era –y soy- incapaz de comprender que pensar demasiado evita que vivamos, y que vivir es la única manera de ser feliz…

A eso de las diez la vi aparecer. Su rostro y sus brazos vestían una piel pálida, casi traslúcida. El resto de su cuerpo iba cubierto con una camisa blanca y unos vaqueros azul marino. Se había recogido el pelo con una goma y sobre la frente le caía un poco de flequillo.

Me acerqué hacia ella con pasos lentos, silenciosos, los ojos muy abiertos, el rostro serio, concentrado. Las manos me dolían de tanto que me las había retorcido.

Al llegar a su lado no supe muy bien qué hacer, cómo saludarla, pero, para mi sorpresa, Cristina me recibió con mucha naturalidad, como si aquí no pasara nada. Impregnaban sus ojos una misteriosa mezcla de perversidad y dulzura.

– ¿Sabes ya si…?- me arranqué, intentando sofocar el ataque de nervios que me estaba erizando la piel del cuerpo, y la del cerebro.

– ¿El qué?

– ¿Si quieres…?

Me dio la sensación de que se sonrojaba.

– ¡Ah, eso! Sí…

– ¿Sí?- pregunté disimulando los efectos de un espasmo que acababa de graparme mis tripas las unas contra las otras.

Cristina se detuvo a reflexionar un par de segundos, y cuando levantó de nuevo su cabeza para mirarme, intuí cuál iba a ser su respuesta.

– No… Lo siento… Me caes bien… Pero podemos ser amigos…

Cada palabra fue un dardo suavísimo y doloroso clavándoseme en las entrañas. El mundo se deshizo repentinamente sobre mis pies, inconsistente como un muñeco de nieve. Uno de esos momentos en los que nos damos cuenta que la infancia es un tesoro que la vida planea ir robándonos poco a poco.

De repente, me invadió otra sensación. Un viento oscuro y frío, un agua sucia, que desde lo más hondo de mí mismo, me ahogaba irremediablemente.

–      Eres una pija… ¡Y una idiota!.

Todavía hoy al escribirlo me cuesta creer que aquello saliera de mi boca. Aquel primer roce cósmico con la parte más negra de mi naturaleza masculina me asustó tanto como a ella. Dolorosa, terrible, cuyas consecuencias en mi propia vida no era todavía capaz de calibrar.

Sus ojos se suspendieron sobre mi rostro desde una plataforma muy lejana, como de otro planeta, y el volumen de su voz descendió hasta apenas rozar mis oídos.

–      Jorge…

–      ¡Cállate!

Muchas veces me he esforzado en negarme que de verdad sucediera, escondiendo aquella escena en algún punto recóndito de mi cabeza, igual que se abandona un electrodoméstico averiado en una habitación al fondo de la casa. Pero siempre regresa. Porque la conciencia tiene el espesor de una inmensa gota de aceite. Un velo líquido que se derrama por nuestra memoria, recomponiendo nuestras vivencias de manera demasiado nítida y al la vez muy irreal.

Quise de inmediato corregir aquellos insultos, pero las palabras se extraviaron en algún punto de mi garganta. Opté por quedarme quieto, cobarde, mirándola. Y ella me miró también. Me sentía pequeño y miserable. Incluso pude ver mi reflejo en sus pupilas encogiéndose a medida que éstas se dilataban. No sé cuánto duró. Todo el que haya amado sabe que el sentido del tiempo se pierde, que el amor tiene duraciones propias, a veces agitado, a veces tranquilo.

Luego, siguiendo lo que comenzaba a ser una tradición en mis primeros amores, se dio la vuelta y salió corriendo. Maldije mi estampa y eché a correr detrás de ella. Esta vez conseguí detenerla antes de que entrase en la casa, asiéndola del brazo. Su blusa oscilaba al ritmo de su respiración.

Me lanzó una mirada que quemaba.

– Lo siento- musité.

No vi venir la bofetada, pero, en mi cabeza, sonó igual que un portazo.

– ¡¡Déjame!!

Una sola palabra. Pero con una dureza en cada sílaba que parecía forjada en años de secreto y sombra.

Entonces apareció Lauri y rompió el hechizo abrazándola, como si quisiera protegerla de sí misma, escondiéndola de mis ojos, los de ese niño que, para ella, había dejado de ser su primo para convertirse en un enemigo mortal.

La llevó hacia la casa y yo sólo alcancé a seguirlas con la mirada, reprochándome no encontrar palabras con las que detenerlas. Sentí algo extraño, una sensación fría, distinta de los celos, que siempre son calientes. Era odio. Pero no hacia mi prima. Ni tampoco a Cristina. Infinitamente peor: me odiaba a mi mismo.

Aquella situación introdujo en nuestra relación un no sé qué patético que ambos procuramos disimular, pero que estaba entre nosotros, vivo. No soportaba coincidir con ella y cuando lo hacía, pegaba los ojos al suelo, carcomido por el remordimiento. Ignoraba que se pudiera sufrir tanto, tan hondo, tan desde lejos, tan desde adentro de uno mismo.

Opté por esquivarla, consumiendo mi tiempo al refugio de mis mayores. Intentaba sentir esa nada que siente una piedra, una bacteria o un inspector de hacienda, pero no lo conseguía. Adoraba a Cristina, aún más que antes, porque si hay una estupidez que sea universal, sin duda es ésa que nos hace querer amar a los que más daño nos hacen.

Pero se había producido algún tipo de deterioro en mi ser y, a veces, la única solución es dejar pasar el tiempo. Que él se encargue de hacer lo que uno por sí mismo no puede, o no debe.

Y eso, en definitiva, fue lo que me llevó a estar aquella noche, muerto de frío, viendo como mi padre y mi abuelo pescaban carpas en aquel pantano.

 

–   Disculpa. Voy a bajar al parquin a por el cargador del móvil.

Al salir, una bocanada de aire caliente me ha golpeado en el rostro. Hace un calor intensísimo y, a cada instante con más peso, estrangula con sus manos invisibles todas las cosas.

No me he encontrado con ningún vecino. Tenía el presentimiento que me iba a cruzar con Nuria, pero no ha sido así. Mejor.

Bajo y subo muy rápido, como si tuviera prisa. Me doy cuenta que se ha convertido en una puta costumbre eso de ir corriendo. Mi vida es una inercia. Los minutos contados, siempre atropellándose; los días, atiborrados e idénticos, pasando muy deprisa, un calco del anterior…

No quiero pensarlo.

Todavía no.

Necesito seguir escribiendo-

Mi abuelo me puso una mano sobre el hombro y me dedicó una sonrisa misteriosa que parecía haber robado de alguna novela para la ocasión.

«Jorge, a veces una mujer dice “no” sólo para saber qué serías capaz de hacer por ella».

Aparté la mirada, avergonzado, e intenté concentrarla en el tapergüer verde que mi madre nos había llenado de filetes empanados. No lo conseguí. Sabía que él seguía allí, esperándome.

Era mejor rendirse.

– Yo creía que le gustaba…

Asintió lentamente, buscándome de nuevo con aquella sonrisa.

–    Es lógico.

Mi padre, ajeno a mi angustia –o mas bien, voluntariamente ausente-, se abrió otra cerveza y continuó con su particular embobamiento. Aquello no me pillaba de nuevas. En casa se comportaba igual. No creo que nadie haya memorizado nunca el gotelé de sus paredes con más ahínco, centímetro a centímetro, grano a grano…

–    Lo que debes entender es que, por mucho que te empeñes, nunca acabarás de conocer las complejidades de un alma femenina. Lo que para ellas resulta sencillo advertir en un simple parpadeo, en la manera de sentarse o en cómo se guarda silencio, para nosotros siempre será un secreto insondable…

– ¡Pero yo la quiero! ¡Es la mujer de mi vida!

Me miró con ternura, esa clase de cariño que uno sólo consigue tenerle a su propia carne.

Sus ojos eran aterciopelados, con ojeras y un pliegue muy puro en los párpados. Pese al grueso cristal de sus gafas, se advertía en ellos algo de pícaro, como de niño gastado.

– Te voy a contar un secreto.

– ¿Un secreto?

– Sí. Pero debes poner mucha atención, ¿de acuerdo?

– Lo prometo.

– Te creo. Ahora, escúchame bien: el día que te enamores, debes tener en cuenta tres cosas, sólo tres, pero muy importantes…

Mi abuelo adoptó un aire confidencial, enarcando una ceja, como si de un momento a otro fuera a aparecer el FBI para detenernos.

«Debes comportarte como un caballero. Aunque los regalos puedan gustarle, lo que de verdad la enamorará serán los detalles. Por eso debes tratar de cuidarla siempre, con la misma intensidad que si creyeses que mañana, en lugar de verla, sólo fueras a poder soñarla».

«Adorará que la sorprendas. No pienses que te va a decir lo que espera que hagas. Para ella, perdería el encanto. Habrás de acertar sin que te lo pida. Pero, si lo consigues, enloquecerá por ti… Lo bueno, es que esto tampoco tiene mayor complicación: se pasará la vida dándote pistas, basta con que aprendas a escucharlas. De hecho, sólo aquél que escucha de verdad a una mujer llega a saborear todo lo hermosa que es».

«Y por último, nunca lo olvides, aquél que hace reír a la chica, se la queda».

Quién se quedará nuestros libros cuando hayamos muerto (1º entrega)

Érase una vez…

Nací el 30 de septiembre del año 1979. Era domingo y llovía. El Burgos había perdido contra las Palmas.

Cuentan que mi abuelo, al cogerme en brazos por primera vez, miró a su yerno y dijo: «Juan, este niño está destinado a hacer grandes cosas». Nadie sabe qué debió de pasar por su cabeza para decir aquello. Pero tampoco se lo preguntaron. En mi familia son muy así. Si algo huele a profundo, se finge no haberlo escuchado. Quizás por eso mi padre, obligado a recoger el testigo del comentario, se limitó a añadir: «Pues con esa boca de oreja a oreja, parece un buzón de correos». Y así se zanjó el asunto.

Durante mis primeros tres días, mi nombre fue Carmen. Mamá, fiel a su cabezonería congénita, se había empeñado en que iba a tener una niña y no fue tarea fácil convencerla de lo contrario, por mucho que la evidencia de su error se manifestase colgando entre mis piernas. Sin embargo, al final se impuso la lógica y mis viejos, aunque poco dados a ello, tuvieron que improvisar. Se barajó seriamente ponerme Néstor, en memoria de un hermano de mi bisabuela que se marchó a África para morir en una de esas guerras en blanco y negro de las que ya ni se acuerdan los libros de historia. Hubiera sido una decisión terrible. Que me disculpen todos los Néstor del mundo, pero no hay manera de pronunciar ese nombre sin que suene afeminado, con sabor a torrija…

Finalmente, me llamaron Jorge. Tampoco es para dar palmas, lo sé. Pero ante tales alternativas, termina uno por conformarse.

-Suena el teléfono. Es Esperanza. Me ha preguntado que qué estoy haciendo. “Acabo de llegar a casa”, le he contestado, “y me he sentado a escribir algo que venía pensando de camino aquí”. “Pues te dejo, luego hablamos”. Colgamos. Sigo.-

De mi niñez recuerdo más bien poco, o quizás haya hecho por olvidarla. Tengo la sensación que feliz, lo que se dice feliz, no fue: grandes etapas de aburrimiento rodeadas de otras de mayor aburrimiento y todas dentro de un mundo extremadamente aburrido. En realidad, la vida en sí misma me parece bastante aburrida. Todo es predecible. No hay libre albedrío. Venimos programados de fábrica. Distintos modelos, un solo cometido. Muy fácil. Demasiado.

Por entonces, los adultos me parecían todos unos gilipollas. Los demás niños, ni te cuento. Con los años, es una impresión que no ha hecho sino confirmarse. Quizás sea esa la razón por la que opté por mimetizarme con toda expectativa que se tuviera de mí, convirtiéndome en un niño modélico. Porque el mundo es así.Un lugar en el que si finges comportarte como se espera lo hagas, siempre te irá bien: ante una carantoña sin gracia, me descojonaba como si no hubiera un mañana; si el amiguito de turno quería mi muñeco favorito, pues se lo regalaba; tenía que estarme quieto por imperativo paterno, me convertía en una estatua hasta nueva orden… Sabía que todo, por malo que fuera, pasaría. Porque los momentos son eso, sólo momentos. Ninguno dura para siempre. Es así de sencillo.

Sin embargo, entre aquella tediosa nebulosa, terminan por sobresalir algunos capítulos, mínimos, aquellos que  marcan nuestra alma a fuego, influyendo en nosotros hasta el punto de convertirnos en quienes ahora somos. Sin duda, para mí, el verano de 1987 fue uno de ellos…

Y también, Daniella.

Es curioso. Por más que lo intento, noconsigo recomponer el rostro de aquella niña. El tiempo lo ha convertido en un fantasma vago, los añicos del espejo que un día sostuvo el enigma indescifrable de su dolorosa belleza. Sin embargo, sí recuerdo la blancura almendrada de su pelo, irreal como el de una muñeca; y también aquella nebulosa, tejida de plata y misterio, azotando sus ojos; incluso, la caída de sus párpados, el peso de una mariposa sobre ellos; pero sobre todo, como si ahora mismo los tuviera enfrentados a los míos, aquellos labios que hubiera querido acariciar con la yema de los dedos el resto de mis días…

Era noruega y debía andar por los once años. Yo pronto iba a cumplir ocho. El destino, disfrazado de operador turístico, la había llevado a veranear enfrente del bungaló que los  padres del Pepe alquilaban en una urbanización periférica de Torrevieja. Desde la terraza la veía pasar todos los días camino de la playa, su cabello de algodón retando al sol y una enorme toalla colgada sobre el dibujo de uno de sus hombros. Cuando desaparecía, yo cerraba los ojos y la veía de nuevo, proyectándose sobre la película translucida de mis párpados, como si su imagen de pequeña emperatriz nórdica se hubiera quedado atrapada indefinidamente en el fondo de mis pupilas. Y durante un rato me quedaba así, soñándola, aunque Daniella era, por sí misma, ya un sueño.

Aquel año emitieron por primera vez en Estados Unidos los Simpson, el Madrid ganó la liga y los Gansanrouses sacaron el álbum debut más vendido de la historia: Apetitfordestrucsion.

Mis padres, poco amigos de las casas en la playa y sí de los destinos paradisiacos –cada uno por su lado- me empaquetaban cada verano con mis abuelos en una casita en la huerta de Murcia, donde el niño más cercano estaba a cien kilómetros de distancia y los mosquitos parecían los helicópteros de la película de Rambo. Quizás por todo eso, cuando el Pepe me invitó a pasar el mes de agosto con él y su familia, no dudé en aceptar. Ni me apetecía ni me simpatizaban, pero, en la alternativa de elegir mal, elegí el menor.

Para mí reservo el calvario que supuso permanecer enlatado durante ocho horas dentro de aquel SEAT ciento veintisiete con los padres del Pepe, la hermana mayor del Pepe, el Pepe y el posespermatozoide coñón del hermano pequeño del Pepe. Sólo diré que, treinta años después, aún no he superado mi fobia a todo lo relacionado con ese nombre.

Nuestro vecino de adosado tenía una hija de nuestra misma edad, Martita. Éramos los únicos niños españoles de aquel suburbio residencial infectado de guiris, adultos y chicharras, así que puede decirse que nuestra amistad nació por pura necesidad, uno de esos arrecifes de la vida con los que no se cuenta y que obligan a cambiar rumbos precipitadamente.

Martita no tardó en convertirse en un elemento más de aquel verano. Llegaba a casa, casi siempre sin avisar, explicando a su manera los avatares de su día a día, ideando juegos, invitándonos a darnos baños en la piscina, una perenne sonrisa soplada sobre sus labios. Jugaba y rivalizaba, vencía y perdía, pero jamás se enfadaba. Sin embargo, lo que más la caracterizaba era que tenía respuestas para todo. No había modo de rebatirla y cuando me aventuraba a intentarlo, se limitaba a suspirar hondo, movía la cabeza, como dando a entender que yo estaba a mil leguas de ella, y decía: «¡Ay, Jorge! ¡Cuánto tienes que aprender aún de la vida! ¡Pero ya verás, ya te enseñará!». Era como si estuviera empeñada en llegar a mayor antes de tiempo, en convertirse en una mujer, con pechos de niña sin pechos.

Cuando ahora evoco aquel verano, tengo la sensación de haber vivido un día eterno, donde sólo destaca el mágico recuerdo de algunos instantes. El tiempo vivido se me antoja una enredadera aferrada al muro de mi memoria; sus ramas se han ido multiplicando y confundiendo entre sí, hasta resultar imposible saber dónde se encuentran los principios y los finales…

– ¿En qué trabajan tus padres?- le pregunté en una ocasión a Martita, entre chapuzón y chapuzón.

– Mi papá es arquitecto- respondió, ufana como ella sola.

– ¿Y eso qué es?

La niña meneó la cabeza.

– ¡Ay, Jorge! Pues que dibuja casas…

– Dibuja casas- repetí disimulando con maneras de cacatúa mi ignorancia, un carraspeo nervioso en la garganta. Yo también dibujaba a menudo casas y nunca se me había pasado por la cabeza que aquello pudiera considerarse un trabajo…

– ¿Y los tuyos?- se engalló repentinamente- ¡Dime tú en qué trabajan los tuyos!

– Mi padre es comandante de la Guardia Civil- contesté con solemnidad bíblica-. Y mamá se ocupa de la casa y de mí. Antes tocaba el piano para la gente, creo.

– Hummm.

Suficiente expresión para convencerme de su aprobación, aunque aquella niña, tostada como el carbón y espíritu de nonagenaria resabiada, no tuviera intención alguna de confesármelo.

Durante unos segundos, mantuvimos un pulso silencioso. Sin embargo, la pregunta fue ineludible:

– ¿Y la tuya? No me has dicho en que trabaja la tuya…

Martita miró alrededor, como si buscara para contestar el permiso de las palmeras. Al fin confesó con tono menos agresivo:

– No lo sé. Papá dice que vive del cuento y que se pasa el día en la peluquería.

Mi cara reflejó la propia de quien se cuela en un certamen de pintura abstracta para aficionados. No lograba encontrar cuál podía ser la misteriosa profesión que vinculase el relato breve con los centros de estética capilar…

Martita, quizá espoleada por mi patente desconcierto, intervino de nuevo con una conclusión que no parecía venir al caso:

– Están divorciados- dijo exhalando un suspiro.

La contemplé igual que los psiquiatras contemplan a sus pacientes, sin asentir ni negar. La niña tenía su mirada clavada en la mía como si no me hubiera visto jamás en toda su vida. En el fondo de sus ojos, siempre tan altivos, palpitaba un brillo de lágrimas. Me pareció que quería llorar de rabia, pero era demasiado orgullosa. En su lugar, dejó que una sonrisa se insinuara en la comisura de sus labios, triste, apagada.

Permanecí callado, sustraído al miedo y a la cobardía. Sabía que bastaba una sola palabra mía para poner remedio, pero algo en mi interior impedía que hablase: si alguna vez una persona ha sido copia exacta de un cadáver, esa persona provisionalmente muerta he sido yo. Sólo me ha ocurrido algo así en dos ocasiones. Ésa fue la primera vez. La siguiente vino precedida de un reloj de brillantes estrellándose contra una pared.

Martita volvió entonces de nuevo su vista hacia aquellas palmeras, maduras, enormes, llenas de experiencia, diría que suplicándoles ahora el consuelo que yo parecía negarle. Meneó la cabeza, y dijo:

-¡Ay, Jorge! ¡Cuánto tienes que aprender aún de la vida! ¡Pero ya verás, ya te enseñará!

Y tenía razón.

 – Me acaba de entrar un Guasap. Es Juanmi. Me pregunta si sé algo del administrador concursal. Le contesto que no me coge el teléfono. Dice que los clientes no están muy contentos. “Ok, le voy insistir”. Pruebo un par de veces, hasta agotar los tonos de llamada, pero nada, sin respuesta.-

Una tarde estábamos tumbados en el césped de la piscina. Nuestros rostros estaban vueltos hacia un cielo estallante y un sol despojado de nubes que caía implacable sobre todas las cosas. Nada parecía moverse, de tanto como el calor las hacía pesar. No había más ruido que la orquestación de las chicharras cantando la siesta…

«Jai»saludó repentinamente una voz que pasó flotando por encima de nuestras cabezas. Tenía delicados matices infantiles y un aroma a tierras lejanas, pero no necesitaba de esas pistas para saber que era la suya.

Me revolví sobre mí mismo y allí, sí, estaba Daniella.

El tiempo se detuvo para mí. Durante unos segundos que pasaron como un soplo, no corría. Era como un poco de agua olvidada en el fondo de una botella, la fotografía de un instante eterno…

«Jau»musité apenas conseguí dominar la rebelión de mis hormonas. Mi pronunciación apenas resultó un temblor, pero había visto demasiadas películas del oeste como para que mi entusiasmo infantil no cayese en la errónea tentación de corregirla.

Nos sonrió y yo noté cómo nuevamente se me iba el alma hacia aquellos ojos de ángel inacabado, sus labios entreabiertos y unos cabellos rubios ligeramente sudados.

A mi lado Martita soltó un suspiro cuyo aire me sopló en la oreja como un vendaval diciendo:

«Jai. Ai am Marta… Dei ar el Pepe an Jorge».

Para mi sorpresa, Martita hablaba inglés. Mi madre había intentado que yo también fuera a clases particulares durante el invierno pero papá, mucho más conservador, prefirió apuntarme en una escuela de fútbol… Quizás, de haber ganado aquel debate mi madre, la vida nunca me hubiera llevado a vivir en Gales. Quizás, de haberlo hecho, mi vida sería otra… Y de repente, me sentía pequeño y miserable, igual que si llevara los calcetines rotos por la punta.

«Aim Daniella».

Daniella. Daniella. Daniella… Pensé que nunca tres sílabas podrían componer un nombre que sonase más hermoso…

Y entonces Martita, ajena completamente a mis ocultas pasiones, con un tono casi maternal, le preguntó si se quería quedar a bañarse con nosotros.

«¡Guau! ¡Of curs!».

Y aquella invitación bastó para que Daniella, mi adorada Daniella, ingresase en nuestra raquítica pandilla, proyectándose desde entonces alrededor nuestra el imposible, un mundo paralelo de juegos y baños, donde nosotros cuatro éramos los únicos habitantes, siguiéndonos los unos a los otros la corriente como si de verdad nos lo creyésemos, y la fantasía que desarrollábamos fuera una fácil y asequible realidad: era hermoso tener conciencia de que, salvo nosotros mismos, nada resultaba necesario…

– Guasap. Es Esperanza de nuevo. “Q tal???”. No le contesto. Prefiero llamarla. Es más rápido.

“¿Cómo estás?”.

Bien, escribiendo”.

¿La novela?”.

”, le he mentido. No me apetece decirle que, en realidad, hay algo aquí dentro que me está asfixiando y que necesito sacarlo de alguna manera. Es una criatura demasiado sensible. Debería llevar colgado un cartelillo que dijera: “tratar con cuidado, contiene sueños”.

¿Y qué tal?”. Consigo intuir su sonrisa al otro lado del teléfono. Esperanza es así. Aunque últimamente está triste, siempre reserva para mí, pase lo que pase, un poquitín de ese polvo de hada que guarda dentro: tiene alma de Campanilla, uno de esos seres que te aman o no te aman, porque al ser tan pequeñas, por desgracia, solo tienen sitio para un sentimiento a la vez…

Le he explicado que no consigo escribir como querría: otra vez estoy atrapado en los giros, en el vocabulario, en esta manía mía de edulcorar la historia con palabras o frases que demuestren que sé escribir, pero que terminan por absorber la fuerza de la propia historia.

Me ha contestado que tengo la maldita manía de pensar cuáles van a ser las consecuencias de todas las cosas.  Que me equivoco. No sé cómo ha unido esto con la muerte de su madre, pero me ha dicho que ella imaginó, durante la enfermedad de ésta, mil veces cómo sería el día en que la velara en el tanatorio y que, cuando finalmente sucedió, resultó del todo distinto: “pues tú eres así, Jorge”, me ha recriminado, al cabo. “Pero tú lo llevas al extremo, porque tú piensas en TU PROPIO FUNERAL. Joder, si hasta sueltas esa chorrada de que tenemos que ir todas vestidas de riguroso negro, los labios pintados de carmín y tacones de veinte centímetros…”.

No estoy para charlas. Le he dicho que prefería seguir un rato y me he despedido con un “luego te llamo”.

Puede que tenga razón. Voy a intentarlo.-

Cualquier tragedia literaria requiere ser sobrecargada de explicaciones y multitud de adjetivos soberbios e imponentes. Sin embargo, las tragedias –sobre todo, si éstas son de amor– que suceden en la vida real se distinguen por su simpleza: digamos que el amor es un acertijo al que la realidad le ha robado su propio enigma. No precisa de palabras preciosas, es una paradoja, una simple pero brutal bobería…

La víspera en que vencía el alquiler de nuestra casa, los padres del Pepe organizaron una fiesta para despedirse de los vecinos y del verano: el olor a frituras se percibía nada más cruzar el umbral del pequeño porche de la entrada. Porrones de vino, enormes rebanadas de pan de pueblo, un carrusel de entremeses, tortillas de patatas y conejo con tomate, manteles de plástico a cuadros rojos y blancos…

En un momento de la noche me quedé a solas con Daniella. No sabía por dónde andaba Martita. Tampoco me lo pregunté. Su bicicleta estaba apoyada junto a la mía. Puede que estuviera con su padre, quizás con los del Pepe, no lo sé.

Daniella, pareciendo aprovechar su ausencia, me cogió de la mano y me empujó a seguirla afuera, y yo ni pude ni quise decir que no. La hubiera acompañado hasta el mismísimo infierno si ése hubiera sido su capricho…

Una vez en la calle, me llevó, sin soltarme ni un momento, hasta la esquina más retirada de la verja de su bungaló. No hablaba. Ni yo tampoco. Del interior llegaba un rumor de voces extranjeras. Y fue, cuando se detuvo, que empecé a experimentar esos preludios de miedos que el instinto detecta cuando uno menos se lo espera.

«Quismi».

Oír aquello fue una especie de descarga eléctrica. No necesité hablar su idioma para entenderla. Me bastó la súplica de sus ojos, el pliegue enternecedor de sus labios convertido en un rictus adulto…

La abracé sin apretar en absoluto. Su cuerpo se tensó en mis brazos y su respiración pareció detenerse. Sus cabellos tenían un tacto áspero contra mi cara. Lentamente, la solté y coloqué mi rostro a la altura del suyo. Nuestros alientos se encontraron y mezclaron,  mirándonos como gatos retándose encima de un tejado…

Y entonces, la besé.

Sus labios se abrieron en un gesto atolondrado, buscándome, tropezando. Durante un instante, sentí como si todo su rostro se estuviese hundiendo dentro del mío y sus párpados fuesen mariposas nocturnas aleteando muy deprisa contra mi mejilla.

Ignoraba qué hacer con mis manos. Parecían unas prótesis inútiles prestadas para la ocasión. Sin embargo, la intuición me llevó a colocarlas en sus caderas. Y entonces todo pareció encajar en aquel puzle de torpezas que componía nuestro primer beso, inconsciente y romántico, fugitivo como el aire…

Pensé que nunca un verano podría ser más radiante que aquél. Nada iba a importar ya que los días que faltaban para acabar el mes de agosto volvieran a estar desplomados por lo rutinario, llenos de bochorno y humedades, poseídos por este maldito aburrimiento que me ha acompañado toda mi vida como una segunda piel…

De repente, sucedió algo que hizo que Daniella se quedase rígida, como helada, su mirada perdida más allá de mí, igual que si un hachazo hubiese caído por sorpresa sobre aquel temblor caliente de su cuerpo…

Giré la cabeza y descubrí a mi espalda el mudo retrato de Martita.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero un viento de ira se alzaba en ella sobre cualquier rescoldo de pasada simpatía. Nos miraba con insolente fijeza, con esa sensación de alerta que se despierta en  la gente entendida a la que le ofrecen una mercancía sospechosa. La luz de la luna revelaba un rostro herido. Sus labios luchaban por sonreír pero sobre ellos sólo conseguía dibujarse una mueca de disgusto que me dolió igual que una bofetada…

Entonces todo sucedió muy deprisa: sus ojitos de niña se llenaron de lágrimas, pero sólo una de ellas consiguió resbalar por sus mejillas antes de que se girase sobre sí misma y saliera huyendo calle arriba, más allá de su casa, de la nuestra…

Y algo se despertó entonces en mi interior al ver cómo desaparecía su sombra dentro del jardín de la Casa Manicomio

Regresé de nuevo mi mirada hacia Daniella: su rostro componía la definición del aturdimiento.

Quise decirle algo, aunque supiera que no iba entenderme, pero de mi boca no consiguió escapar ni una sílaba. Las despedidas nunca son necesarias. Despedirse requiere también dar explicaciones, decir lo que acaso es mejor callar…

Me limité a sonreírle por última vez, y salí corriendo tras Martita…

– Guasap de Lunita. “Hooola, tas?”. Me tantea. Es viernes. Tiene la impresión de que los fines de semana la esquivo. En realidad, convive con la sensación de que apenas nos vemos. Siempre le interpongo una excusa para posponerlo. No es justo, lo sé. Pero surgen cosas. Mi vida es complicada. Quizás tenga razón. Puede que abarque demasiado y nunca le reserve a ella sitio en las primeras plazas. Debo meditarlo… Dudo si contestarle. Al final, no lo hago.-

La Casa Manicomiodescribía una cerrada curva escalada sobre un terraplén próximo a nuestra urbanización. Los restos de una cerca servían para intuir los límites de la propiedad y el lugar donde empezaba el enorme descampado, todavía sin urbanizar, que lo avecindaba, y que hacía las veces de cocedero de tétano y nido de jeringuillas.

Tenía dos alturas, con un espacioso jardín donde crecían a sus anchas los hierbajos, y donde varios pinos cerraban el paso a los rayos del sol; en otro tiempo había sido blanca, pero hacía mucho que tenía el tono amarillento y cerúleo de un enfermo de hígado…

La casa estaba abandonada, pero Martita y yo sospechábamos que era habitada por fantasmas. Nunca los habíamos visto. Sin embargo, teníamos el convencimiento de que allí había vivido una grupo de maniacos que terminaron por matarse los unos a los otros, y que ahora salían de noche, después de ponerse la luna, y espiaban por las ventanas…

El portón de madera labrada estaba entornado y tras él asomaba un corredor muy parecido al túnel del Tren de las brujasal que tanto me gustaba montarme cuando los padres del Pepe nos llevaban a la feria. Sin embargo, éste se me antojaba mucho menos atrayente: su aliento no olía a cartón piedra ni tampoco a algodón de azúcar, sino a tierra húmeda y flores muertas…

Percibí al fondo el leve crujido de unas pisadas ligeras escalando a través de lo que intuí que debía ser una escalera.

– ¿Martita?

El eco de mi voz desapareció entre las sombras y con él, también, aquel sonido percusivo que había latido en algún lugar de la casa.

– ¿Martita?- repetí, pero su nombre volvió a perderse en la nada.

Tuve miedo de que los pasos fueran, en realidad, de alguno de aquellos fantasmas locos, pero dominado por la extraña necesidad de encontrar a aquella niña, conseguí superarlo.

Abrí mucho los ojos y me adentré por el pasillo a tientas. La oscuridad le había robado el color a todas las cosas, tiñéndolas de plomo y charcos de lágrimas negras…

Llegué hasta la escalinata y advertí, más allá de sus últimos peldaños, los resquicios de una puerta que la luna proyectaba formando un tenue rectángulo de luz.

Subí como pude, sin soltar la barandilla pero confiando en ella lo mismo que el condenado confía en su verdugo. En el último escalón, me detuve e intente recobrar el aliento. El corazón azotaba mi pecho y me costaba respirar…

Al entrar en la habitación, encontré a Martita. Estaba de pie, mirándome. El color pizarra de sus pupilas parecía haberse bebido el castaño de sus ojos.

– ¿Martita? ¿Qué te pasa?

La rabia los hizo brillar como si fueran los de una fiera.

– Eres tonto- dijo. Y así debía ser aunque todavía no entendiera muy bien porqué. Hay cosas en la vida que dependiendo cómo se digan, basta oírlas para que se le llene a uno el alma de remordimientos.

Comenzó entonces a levantarse la falda vaquera y fue en ese momento la primera vez que me fijé en unas piernas que había visto a diario durante todo el verano. Eran muy delgadas, una finísima película de vello rubio, casi translúcido, brillando sobre ellas como si fueran diminutas espigas de oro alquímico; Martita subió su falda un poco más y aparecieron ante mí sus braguitas, el rastro de dos de sus dedos agujereando el canalé de la cintura…

Se las bajó hasta la altura de las rodillas. Una cuña de luz de luna resbalaba por su piel y caía sin ruido sobre el suelo. La señal del elástico parecía tatuada en sus caderas sin modelar, como las cicatrices de un sueño al que no sabía porqué había sido invitado; su ropa interior se había grabado en su piel con una blancura desamparada e indecisa. Y aquello, dulce y tierno como el gajo de una fruta, asomó entre sus piernas.

«¿Quieres tocarlo?».

Yo asentí, sin saber realmente qué quería hacer.

«Pues bésame».

Y eso hice.

Acababa de besar a Daniella, pero este nuevo beso me resultó muy distinto. La lengua de Martita era áspera y me golpeaba el paladar. Su saliva conservaba sabores a chicle de fresa. No había en él eternidad ni inocencia, un dolor infinito dentro de su boca. Era salvaje, devorador, auténtico…

Cuando nos separamos, quedamos callados unos segundos que me parecieron un curso escolar entero: una de esas fracciones de tiempo que guardan para sí la solidez desmemoriada de una roca.

Martita se subió de repente las braguitas y se bajó la falda hasta colocarla en su sitio. Me obsequió con un rápido fruncimiento de ceño, como si quizá debiera tomar alguna medida contra algo que acabara de pensar. Luego dio un paso atrás y dijo con frialdad:

«¡Ay, Jorge! ¡Cuánto tienes que aprender aún de la vida! ¡Pero ya verás, ya te enseñará!».

Su voz sonó como un rumor de olas que rompieran en un punto lejano, ése lugar invisible donde se le retuerce de dolor a uno el alma…

Y antes de que pudiera decirle nada, se dio la vuelta, y salió corriendo.

Aquella noche, aprovechando mi desconsuelo, el Pepe me invitó a dormir en su cuarto. No pude ni supe decir que no. Cuando el alma está rota, cualquier tirita parece suficiente…

– Voy a tocarte algo- se ofreció sacando de su funda una guitarra española de fabricación taiguanesa, como casi todo lo que nos rodea-. Si te gusta, te la puedes quedar.

Mi inocencia, que por entonces era mucha, entendió aquello como un improvisado concierto y no supe ver la manifiesta declaración de intenciones que resultó ser aquel «tocarme algo». Apenas la había aceptado, se abalanzó sobre mí, los ojos cerrados como puños y su lengua rosácea asomando con movimientos espasmódicos. En un visto y no visto, el Pepe estaba comiéndome la boca… Lo cierto es que hay que reconocer que aquella noche estaba que me salía…

No obstante, las sensaciones que se despertaron en mí ante aquel tercer beso en nada se parecieron a las que antes había experimentado. Resultaba de una humedad adhesiva y antipática, con recuerdos a quinina y regaliz. Supongo que por eso no pude evitar que mi instinto le pusiera fin mediante la resolutiva técnica del rodillazo en los huevos.

El Pepe cayó al suelo como caen los árboles segados por los cien cuchillos de un rayo. No sentí pena alguna. En aquel momento sólo deseaba estar de regreso entre la faldas de mi abuela. De hecho, los mosquitos comenzaron a parecerme unos seres de lo más entrañables…

¿Cómo no me había dado cuenta antes? El Pepe, con aquel pelito rubio, esos ojillos azulones en los que se podía navegar, la piel tan blanca como el culito de un bebé… ¿Qué neurona convenció al resto de la pandilla que pulula por este melón que llevo por cabeza, para pasar por alto que no era normal que el Pepe fuera tan dulce y encantador conmigo? Joder, pero lo peor, apellidándose Palomero, ¿en qué coño estaba pensando?

Eso sí, la guitarra se vino conmigo, ni que decir tiene.

– Pausa. El teléfono está sonando. Es Juanmi otra vez. “Nada”, le contestó apenas descuelgo. “¿Nada?”. Muy en su línea. Tiene la dichosa costumbre de transformar en preguntas mis afirmaciones. “No lo coge. Éste es un hijo de puta”. “¿Y qué vamos a hacer?”. Lo medito un instante. No tengo la menor idea. Cuando un administrador concursal no quiere contestar, cuesta que lo haga. Lo sé bien: yo soy uno de ellos. “No te preocupes, conseguiré hablar con él”, prometo al cabo, sonriendo como si creyese que Juanmi pudiera verme, igual que se le sonríe a un niño que es incapaz de entender las cosas más elementales, por no darle una bofetada. “Oquei. Cuando lo consigas, llámame”. “Claro”. Colgamos. Me enciendo un cigarrillo. Son las nueve y media, poco se puede ya. A través de la ventana observo como un manto de nubes cabalga desde el mar. Hace mucho calor. Supongo que acabará por llover. Continúo.-

No volví a saber de Daniella. Tampoco de Martita. El verano se apagó para mí al día siguiente, llevándoselas consigo, dejándome sólo estos recuerdos, el esbozo de un cuento de princesas con demasiados besos y ni rastro de las perdices. Como si la vida estuviera impaciente por revelarme la clase de planes que me tenía reservados…

Con el Pepe no sucedió lo mismo: hasta que terminamos el COU lo tuve tras de mí, inasequible a mis desprecios. Nada pareció importarle que durante todos aquellos años, lo ignorase como si no existiera. Siempre lo tenía cerca, una perenne sonrisa levantada sobre sus labios apenas mis ojos, en algún descuido, se cruzaban con los suyos. Ocurre así con algunas personas. Un misterioso fenómeno. Cuanto más fuertes se les golpea, más perseveran en sus ánimos de conquista. Hay quienes lo llaman amor, y además se lo creen. Porque el amor es así. Pasatiempo y tragedia, alegría y desesperación: un sentimiento poliédrico con el que maquillamos nuestros comportamientos más idiotas. Para eso se inventó.

Esperanza es un poco así. Y también Lunita. Incluso lo era Marina. En realidad, la mayor parte de las mujeres que han orbitado alrededor mía, son muy parecidas…

Continúa…